Estos dos personajes de la política de sus respectivos países tienen ciertos parecidos. Ambos son presidentes de la República, jefes de Estado y de gobierno. Son, también, líderes de sus respectivos partidos que, por añadidura, son mayoría: en las Cámaras del Congreso para el primero y en la Asamblea Nacional para el segundo.

Fuera de tales coincidencias, en lo demás, no podían ser más distintos. Lo son en sus fisonomías, en sus antecedentes como individuos y en su carrera profesional, en sus modos de actuar, en sus estudios universitarios, en los orígenes familiares, en sus relaciones cercanas, en sus pasatiempos, actitudes y conducta. Pero en lo que más se distinguen uno del otro, es en sus respectivas concepciones del mundo, en el modelo de gobierno que persiguen y en esa filosofía íntima que ampara objetivos, principios y marcadas prioridades, usables para asentar el bienestar popular. En fin, son dos actores de la escena mundial que muy poco o, mejor dicho, en casi nada se parecen.

Son dos mandatarios a los que se les puede predicar ciertos epítetos (fifíchairo, por ejemplo) por ahora de uso corriente en la vida pública mexicana. Tanto uno, como el otro, conllevan toques conceptuales, rasgos sicológicos, sociales y hasta culturales que han sido dados por distintos núcleos ciudadanos. Epítetos que se contrastan por sus referentes. El de fifí, a Macron le queda bien ajustado por su apariencia física y desplantes. Lo refuerza con el entorno social de sus relaciones personales y en su peculiar modo de vida. Lo da, casi a cabalidad, por aquellos para los que gobierna: la plutocracia francesa, el gran empresariado y los medios de comunicación, no sólo de su país sino de cualquier otro país que pueda prestarle oído, cámaras y letras. Y lo da por el corte y la orientación de los programas que propone su administración: todos ellos apegados al neoliberalismo financierista tan en boga entre la élite política de la Europa de estos singulares y rijosos tiempos. Y, lo más trascendente, por su ambición de convertirse en una especie de atractivo héroe del panorama mundial. Un visionario y creativo conductor del futuro europeo.

Frente a tales desplantes y arrogantes pretensiones, su desenvolvimiento como presidente de la república francesa deja mucho que desear. Hoy padece una vigorosa y extendida rebelión de buena parte de la sociedad, precisamente esa que ha sido afectada por la globalidad. Macron se convirtió, de la noche a la mañana, en un envidiable símbolo del nuevo político que irrumpe, con calidades propias, en el panorama mundial. En el México de la ilustrada actualidad se le vio como atractivo político de nuevo corte, digno de imitación. La idea de encontrar un símil local circuló con profusión entre aquellos que se ven, a sí mismos, como agentes libertarios de la modernidad. Su indiscreta historia amorosa le puso adicionales toques románticos a su figura. La derecha mexicana encontró, en Macron, el modelo ideal para sus patrones de imagen. Era un financiero convertido en político, con controles responsables y, lo mejor, allegado a los llamados mercados. Desafortunadamente la realidad ha sido implacable, drástica en sus condicionamientos para las ambiciones del francés. Sus programas, de cargado neoliberalismo, propuestos con lujo de fuerza inicial, han chocado de frente con los sentires y deseos de su pueblo. Su persona ha caído, precipitadamente, en el aprecio popular y su posibilidad como guía y hacedor de realidades está por demás condicionada.De poco le han servido los apoyos de las activas audiencias de élite y los negocios de escala muy favorecidos por él.

AMLO, por su parte, es casi el reverso de esa moneda descrita arriba de Macron. Ha labrado su perfil de hombre público en prolongado proceso de basamento popular. Se nutrió, en sus inicios, en claro activismo social hasta llegar a madurar como político. Su decidida preferencia por los de abajo lo sitúa en una esquina ideológica opuesta a la de Macron. Hoy, como guía de los chairos poco se asoma, al menos por ahora, a la escena mundial. Sus promesas de campaña las persigue con energía notable y sus destinatarios son, antes que otros, los grupos vulnerables de la sociedad. La austeridad baña, desde el inicio de su mandato, toda la retórica y su quehacer. Ha sabido deslindar, con duros gestos y voluntad, los campos de la política y los intereses de los grupos de presión. No gobernará para los mercados sin perderlos de vista. Ha podido, hasta el presente, mantener el apoyo recibido en las urnas y, más aún, aumentar la confianza ciudadana. No tiene, ni tal vez tendrá, el apoyo, la simpatía pues, de buena parte de la élite local. En especial esa de ese grupo que ha recibido privilegios desmedidos. Su lucha la finca en la justicia distributiva y no transige en tal ruta a pesar de ser tildado de necio, que lo es.

Luis Linares Zapata

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