En diversos medios, académicos y políticos, se afirma que la emigración masiva y en caravana es un fenómeno que llegó para quedarse. No estoy tan seguro. Habrá que ver y analizar cómo se concretará la política migratoria mexicana y qué sucede con la caravana que se anuncia para el 15 de enero.

Por el momento estamos en la etapa de las declaraciones. Olga Sánchez Cordero afirmó que La política migratoria está cambiando radicalmente. Está alineada a la convención de Marrakech que se acaba de firmar por México por lo que la entrada al país será ordenada, segura y regulada.

Hasta el momento, el único cambio radical que se conoce, es la aceptación por parte de México de que los migrantes que tramitan refugio en Estados Unidos sean devueltos para que esperen en México. Esto como respuesta humanitaria a la decisión unilateral de Estados Unidos de aplicar la disposición 235 B2C de la Ley de Inmigración y Nacionalidad de Estados Unidos.

Esta medida, si se aplica, será muy complicada para los migrantes que solicitan refugio y, en el mejor de los casos, México les podría dar una visa humanitaria que les permita trabajar. Es lo que hace normalmente Estados Unidos, los libera o los entrega a los familiares en caso de que sean menores, para que los acojan, se encarguen y asistan a sus citas correspondientes con el juez de migración (75 por ciento lo hace).

Quedarse en México a esperar podría ser considerada por los migrantes como una medida de contención, una política disuasiva a la que México contribuye. De perdida, lo que ellos buscan es poder trabajar un par de años en Estados Unidos. ¡No en México¡

Por otra parte, el comisionado del INAMI, Tonatiuh Guillen afirmó que ya no se aplicarían medidas de contención. En referencia quizá a la manera en que se trató de detener al éxodo hondureño de migrantes cuando presionaron en el puente fronterizo con Guatemala. Habría que preguntar y evaluar si esto implica que no habrán deportaciones de migrantes en situación irregular, especialmente centroamericanos y si se va a dejar pasar las nuevas caravanas.

El respeto irrestricto a los derechos humanos de los migrantes no está reñido con la aplicación de la ley migratoria. Hasta el momento los centroamericanos requieren de visa para ingresar a México. Y una caravana, como las que hemos visto, difícilmente puede cumplir las condiciones establecidas por el nuevo gobierno de ser una migración ordenada, segura y regulada.

En la práctica la migración centroamericana se ajustará, a su manera, a las nuevas políticas migratorias, aprovechará los resquicios y evadirá ciertos controles, con la meta de llegar a Estados Unidos. Los mexicanos hicimos lo mismo por más de un siglo.

También se podría pensar que el éxodo hondureño de 2018 no se volverá a repetir. Tuvo un éxito inusitado hasta que llegó a Tijuana y se topó con el muro. El balance es positivo en cuanto al tránsito, la difusión mediática y la solidaridad conseguida. Pero es negativo por el despertar de la xenofobia, la imposibilidad de forzar la entrada en Tijuana, por la crisis generada en la ciudad fronteriza y por sus múltiples contradicciones internas. Tampoco hay dividendos claros en el panorama político hondureño.

La insistencia en que se trataba de un éxodo sin Moisés, sin dirigentes visibles y menos aún reconocidos y con decisiones tomadas en asambleas, derivó en la ausencia de estrategia común y de salidas coherentes con el propósito inicial. La caravana se desintegró en cuatro grupos: los que regresaron, los que cruzaron, los que esperan en Tijuana y los que solicitaron refugio o visas humanitarias en México y de una manera u otra piensan quedarse.

El grupo que logró cruzar es minoritario y los sueños se harán añicos, si regresan a México a esperar para las audiencias programadas. Tendrían que vivir en la frontera y luego trasladarse al lugar y juez que les asignen en Estados Unidos.

México no es un país atractivo para los migrantes, por eso fracasaron los ofrecimientos de Peña Nieto que promocionaba programas de refugio y empleo. Un trabajador en Honduras gana unas 800 lempiras a la semana, lo que equivale a 664 pesos, más que el salario mínimo mexicano propuesto para 2019 en la zona centro y equivalente al de la frontera. Según afirmaba, Bartolo Fuentes, líder político hondureño, en la maquila se pagan salarios de hambre de 8 mil lempiras al mes, unos 320 dólares, lo que a pesos mexicanos son 6 mil 400 y se quejaba de que un ingeniero gana el equivalente a mil dólares, unos 20 mil pesos.

La diferencia con México es la infraestructura de país y las opciones de salud y educación. Pero sobre todo las opciones de subsidios y política social, que prácticamente son inexistentes en Centroamérica. El salario no es una variable relevante, sí lo es en el caso de Estados Unidos.

Por lo pronto, una consecuencia no anticipada por los miembros de las caravanas y sus promotores es la posibilidad, de quedarse atascados frente al muro.

Jorge Durand

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