|
Casi todas las personas con quienes he hablado sobre la guerra en Oriente Próximo, me hacen la misma pregunta: “¿Quién crees que va a ganar?” Y mi respuesta es cada día más convencida: “Irán, sin ninguna duda, va a ganar la pelea aunque perdiera el primer round.”
Ésta, además de ser una convicción sustentada tanto en los análisis de diversos expertos, como en reflexiones personales, es una lección de la historia del auge y caída de los imperios. Debo aclarar que mi simpatía e identificación jamás estarían con la teocracia chiíta retrógrada, criminal y profundamente corrupta, ahora encabezada por el hijo del ayatola que gobernó Irán con mano de hierro durante 37 años (1989-2026). No olvidemos que antes de ser Líder Supremo, fue presidente desde 1981, lo que suma unos 45 años en que Alí Jamenei vivió enquistado en el poder absoluto. Una verdadera aberración política, histórica y cultural. Jamenei, responsable de decenas de miles de opositores que perdieron la vida en manifestaciones pacíficas que exigían agua, alimento y libertades ciudadanas. Tampoco he leído trabajos serios que defiendan la política imperialista de Estados Unidos en la región y el mundo, y sería un absurdo comparar la visión total que nos ofrecen países y pueblos pertenecientes a etapas históricas tan diferentes. Ese es el riesgo: que Irán haga una regresión a la Edad Media, o más atrás, en un lapso de días o meses, como ha amenazado Estados Unidos en varias ocasiones.
Sólo que hoy, las corrientes de la historia responden más que nunca al desarrollo desigual y combinado, como le llamaba el teórico marxista Ernest Mandel. En esta guerra, la existencia de Irán no podría explicarse sin la presencia solidaria de otras naciones. La Rusia imperial post soviética y la China comunista-capitalista, le han proporcionado a la Persia del despotismo monárquico más atrasado del mundo, los apoyos políticos, diplomáticos, militares y económicos necesarios para sobrevivir al bloqueo y agresión militar norteamericana y sionista. Desarrollo desigual y combinado puro y duro.
Cuando el poder militar de un país se analiza como abstracción fuera del tiempo y de su circunstancia socio-histórica, el abanico de sus posibles desenlaces se diluye en el deseo y pierde su objetividad. Tal es el caso del poderío letal que ahora descargan Estados Unidos e Israel contra Irán y aliados. No es lo mismo bombardear hoy la franja de Gaza -como lo continúan haciendo las IDF-, contra una población donde el 80% son mujeres y niños completamente indefensos, que al inicio del conflicto, el 7 de octubre de 2023. Con el paso del tiempo, los gobiernos sionista y estadounidense han perdido varias batallas no militares, como el control de la narrativa y la imagen social.
En Israel, como en el resto del mundo, la credibilidad del discurso oficial ha caído en picada y hoy no llega al 10%. Pero el desplome de la imagen de Donald Trump, que no tiene causas sólo atribuibles al desarrollo de la guerra de agresión contra los pueblos del Oriente Próximo, es aún superior, más allá de las estadísticas para consumo mediático. Y para detener la estrepitosa caída de su imagen no ha sido suficiente la armada gringa con sus enormes portaviones, ni sus aviones furtivos B-2, sus cazas F-22, o sus misiles Tomahawk.
El jefe de Estado y de las fuerzas armadas conjuntas, es un hombre políticamente acabado, con la fuerte oposición de los hombres y mujeres más poderosos de su partido, de los principales medios de comunicación, que no logró convencer al gran capital de las bondades de su programa para levantar la economía, y que no puede seguir ocultando las cifras de su macroeconomía. El desempleo real anda arriba del 4%, la inflación oficial no resiste la prueba de la despensa semanal que no deja de aumentar, y su devaluado dólar no le ha servido para mejorar su balanza comercial deficitaria. Si bien, los permanentes escándalos que lo vinculan a la red de pederastas, drogadictos y traficantes amigos de Epstein, no han logrado aún el juicio condenatorio de la Cámara de Representantes, los 3.5 millones de referencias a su persona en los archivos que ha tenido que abrir al público la procuradora Pamela Bondi, son una piedra atada al cuerpo que sin duda ahogará a Trump en el pantano de la descomposición moral e institucional.
Los crecientes problemas sociales, económicos y políticos internos y externos, se conjuntan con el desarrollo global de su guerra con Irán. El ataque con misiles y drones a las bases gringas instaladas en las petromonarquías son cotidianos, al igual que el bombardeo incesante a las principales ciudades de Israel, donde la población civil ha iniciado un nuevo éxodo que pone en evidencia la incapacidad del Estado sionista para proteger a sus ciudadanos. Washington no ha dudado en lanzar contra Teherán su bomba más poderosa, la terrible GBU-43B MOAB, comparable en sus efectos al potencial atómico. Y ni esto pudo detener la respuesta iraní que estrenó sus misiles supersónicos Khoramshark, capaces de penetrar las defensas de Israel, al tiempo que anunciaba nuevas sorpresas. El 13 de marzo por la noche (tiempo de la CDMX), el canal 635 de la tv de paga, informaba que el Estado Mayor conjunto de Israel analizaba en ese momento la propuesta de utilizar bombas atómicas para atacar Irán. ¿Todavía alguien duda de que estamos inmersos en la Tercera Guerra Mundial?
Generalización de la Guerra
Finalmente, Irán decidió jugar su mejor carta y ha cerrado el Estrecho de Ormuz. Una jugada maestra, que empieza a estrangular el flujo energético vital para Occidente. Además de utilizar lanchas torpederas rápidas para atacar a los cargueros que se atreven a intentar cruzar la zona, la Guardia Revolucionaria Islámica ha sembrado unas 6.000 minas en los 33 kilómetros que mide ese paso en su parte más estrecha. Ninguna compañía es capaz de asegurar el flete, a ningún precio. Nuevos barcos de guerra rusos y chinos llegan al Golfo Pérsico para proteger sus intereses y garantizar el flujo de petróleo, a la vez que nuevos actores se suman a la crisis geopolítica, como Corea del Norte, que recién ha sellado una alianza político-militar con Irán.
Con el bloqueo de Ormuz, no sólo se ha suspendido el flujo del 20% del petróleo que consume el mundo, sino también el 15% de las mercancías de la región. Los recientes ataques a refinerías y depósitos de combustible en Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein, han cerrado el círculo del boicot a la producción y comercialización del crudo, cuyo precio ha sobrepasado la barrera de los 100 dólares y se encamina a topes no vistos desde el shock petrolero de 1974.
La situación para Washington se ha vuelto tan desesperada, que ha autorizado la suspensión del bloqueo comercial al petróleo de Rusia, durante un mes. Esto mueve a risa: el imperio autoriza a sus subordinados a comprar crudo barato a Rusia, ya que él mismo no puede garantizar su oferta. Pero además es una medida que sólo reafirma el comercio que ya venía sucediendo, pero sin la autorización de Estados Unidos. Sin duda, Irán va ganando la guerra, a pesar del elevado costo en vidas y destrucción de infraestructura. Con cada incremento en el precio del barril, los mercados de valores del mundo se ven sacudidos desde los cimientos y el espectro de la quiebra definitiva, acompañado de la depresión, se hacen más visibles.
La matemática no falla.
El primer factor determinante en el desenlace de la guerra, está fuera del campo de batalla y decide su destino. Es la economía. No hay que abonar mucho al razonamiento del senador romano Marco Tulio Cicerón:
“Para hacer la guerra se requieren tres cosas: dinero, dinero y más dinero”.
Y cuando Roma devaluó su moneda, con huachicol de metales baratos que sustituían al oro y la plata, la economía se vino abajo desatando una tremenda inflación. Eso de confundir riqueza con dinero no deja nada bueno.
Recordemos que durante el gobierno de Richard Nixon, en 1971, Estados Unidos renunció a la paridad oro-dólar, y que a partir de entonces, su moneda estaría sustentada en la confianza del mundo, en la tremenda producción de bienes y servicios que en esa época tenía, y a fin de cuentas, en su poderío militar y su disposición para desenvainar la espada cada vez que algún país se inconformaba. De ello dan cuenta los pueblos destrozados de América Latina, Asia, Africa y aún de Europa, como las naciones balcánicas. A la par, millones, billones, trillones de papeles verdes llamados dólares, inundaban la economía del mundo y hasta tenían el monopolio comercial de los energéticos fósiles -petrodólares- en lo que fue denominada estafa Poncy. Los pueblos del mundo le daban al gran imperio sus recursos naturales, energéticos, alimentos, agua, productos industrializados y servicios diversos, a cambio de papeles verdes que hacían el milagro bíblico de la reproducción de panes y peces. Y ¿quién creen ustedes que era el dueño de la maquinita que imprimía esos papeles milagrosos? Quienes pensaron en Sud Africa, primer productor de oro en el mundo, o en Arabia Saudí que navega entre petróleo, o en el Japón industrializado de los años 80 del siglo pasado, se equivocaron. Fue Estados Unidos, oficialmente desde 1944 cuando su divisa fue adoptada por los países del mundo capitalista como la moneda de intercambio y reserva. Poco le duró al dólar el privilegio de representar oro, lo que nos recuerda al cantante Serrat:
“Cuando se abrió la flor al olor de la flor se le olvida la flor”.
Los panchólares se olvidaron del metal áureo y prefirieron que los representaran los portaviones, misiles, cazas, submarinos atómicos, y por supuesto, Rambo.
Al cierre del artículo me llega la noticia de que Finlandia acaba de autorizar el tránsito y almacenamiento de armas nucleares en su territorio. Cada día la Tercera Guerra Mundial se extiende más.
|