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Primer debate presidencial en Estados Unidos: Los dos candidatos, especialmente Trump, dieron grima
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Global Research, octubre 03, 2020
La Arena 4 December, 2020
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Como parte de la campaña electoral, el martes 29 debatieron los candidatos Donald Trump y Joe Biden. No se sacaron ventajas. Bajísimo nivel, sobre todo del magnate.

Para dar apariencia de democracia a lo que Fidel Castro llamó “plutocracia” o democracia de los ricos, se realizó el primer debate entre los dos presidenciables. Habrá otros candidatos, pero el sistema es bipartidista: demócratas y republicanos.

Fue en la Universidad Case Western Reserve, de Cleveland, Ohio, y lo moderó Chris Wallace, presentador de Fox News Sunday. A pesar de los antecedentes bien conservadores de Fox, en un momento el moderador se ligó comentarios críticos de Trump. Éste llegó especialmente desacomodado por lo publicado por The New York Times el fin de semana previo: el magnate sólo habría pagado 750 dólares de impuesto a la renta en 2016 y nada en diez de los dieciocho años anteriores.

El equipo de campaña de Biden no lo dejó pasar y comparó esa suma irrisoria pagada con los 5.000 dólares y más que abonaron por ese concepto muchos trabajadores y profesiones. Como si eso no fuera suficiente vergüenza, el Times también detalló la deuda de 421 millones de dólares que arrastra Trump. Para la demócrata Nina Pelosi supondría un problema de seguridad nacional pues dejaría al presidente como presionable por esos acreedores.

El temario acordado era el historial de Trump y Biden, la Corte Suprema, el coronavirus, la economía, la violencia en las ciudades y la limpieza del comicio. Sin embargo, no se escucharon buenas propuestas de una ni otra parte sino una sucesión de chicanas, interrupciones y hasta algún insulto, como cuando el demócrata llamó “payaso” al que va por su reelección, harto de sus interrupciones.

¿Quién ganó y quién perdió? Es difícil saberlo. Para los medios afines a los republicanos sacó ventaja el ocupante del Salón Oval y para los que sintonizan la onda demócrata el ganador por puntos fue quien en dos mandatos acompañó como vice a Barack Obama.

Algunos medios equidistantes opinaron que había perdido el pueblo estadounidense. Eso es lo que sucedió. Durante la hora y media que duró la discusión no hubo propuestas sobre cómo se puede superar la pandemia de Covid-19 ni cómo recuperar los millones de puestos de trabajo perdidos en lo que va del año.

Esos dramas fueron pésimamente manejados por Trump, quien negó la gravedad de la pandemia primero, para adjudicarle la culpa a China y la OMS más tarde, sin adoptar medidas de control como le aconsejaban incluso sus especialistas.

Por eso, los registros estadounidenses de 7.23 millones de contagios y de 206 mil muertos son parte del balance negativo del actual mandatario, aunque no sea suya cien por ciento de la responsabilidad. Las minorías afroamericanas, latinas y otras han sufrido en particular la pandemia, engrosando las estadísticas mencionadas más que el americano blanco medio.

¿Y las propuestas?

La sola defensa que esgrimió Trump en los días previos fue que en octubre tendría la vacuna. Esa afirmación electoralista puede caer pronto pues el 15 de octubre será el segundo debate presidencial en el Centro de Artes Escénicas Adrienne Arsht en Miami. Allí moderará Steve Scully, editor de política en C-SPAN, en un cruce de mucha importancia política porque el estado de La Florida está entre los tres que más votos cuentan en el Colegio Electoral (la elección yanqui no es directa sino por medio del mencionado Colegio, de 538 miembros, para lo cual se necesitan como mínimo 270 delegados para ser ungido presidente).

Es previsible que, fiel a su libreto de derecha, el republicano repita en Miami sus diatribas contra Cuba y Venezuela, redoblando el bloqueo, para captar el voto de cubanos y latinos envenenados con los gobiernos de Miguel Díaz Canel y Nicolás Maduro. Sin negar ese segmento derechoso del electorado en ese estado, también hay allí mucha gente deseosa de normalizar las relaciones con Cuba, como comenzó a hacerlo tardíamente Obama.

El tercer debate será el 22 de octubre en la Universidad Belmont en Nashville, y será moderado por Kristen Welker, corresponsal de NBC en la Casa Blanca. Welker es una mujer negra y más allá de sus preguntas puede que eso evoque las grandes protestas sociales habidas en estos meses tras el asesinato de George Floyd. El afroamericano murió a manos de un policía blanco que le puso su rodilla sobre el cuello y le impidió respirar.

La violencia policial y la aparición de grupos supremacistas blancos (léase fascistas) estuvo presente en el debate del martes 29, cuando Trump fue apremiado para que se definiera al respecto. En ningún momento condenó a esas organizaciones, que han actuado junto a las policías y uniformados federales enviados por orden suya a reprimir en Minneapolis y otras ciudades. Más bien los reivindicó, reiterando que a su juicio el mayor peligro son los “terroristas” de Antifa (Antifascistas).

El primer debate no sirvió para algo tan elemental como que los candidatos se comprometan a respetar el resultado del comicio. Trump viene acusando a los demócratas de querer realizar un fraude con la manipulación del voto por correo, en tanto los acusados obviamente lo desmienten. Desde septiembre pasado hay muchos miles de personas que están votando por correo, para evitar trámites y aglomeraciones. La contabilización de las boletas de ese tipo de votación puede agregar una complicación más a poder tener el 3 de noviembre, día de la votación, un resultado claro e inapelable.

Las encuestas dicen que Biden va adelante por 6 puntos a nivel nacional, y en varios estados clave por 3.5 puntos, pero lo que valdrá es el recuento de votos del primer martes de noviembre (con la aclaración de que puede perder quien tenga más votos pues deciden los delegados del Colegio Electoral). Ya pasó en 2016, cuando Hillary Clinton tuvo 2.9 millones de votos más que Trump, pero este la derrotó en el CE.

Si hay un resultado parejo el pleito puede terminar en la justicia y ese fue otro punto oscuro del debate. El 18 de septiembre hubo una vacante en la Corte Suprema de Justicia, por el deceso de Ruth Bader Ginsburg, prestigiosa jueza liberal. Y en vez de aguardar a que el nuevo gobierno nomine y un remozado Senado designe un reemplazante, el magnate se adelantó a proponer a Amy Coney Barrett, de ultraderecha y miembro de una secta antiderechos.

Los republicanos tienen mayoría en la Cámara Alta y podrían elegir a esa cortesana; si se aguardara a noviembre eso dependería pues se renueva un tercio de los senadores. Con Barrett en la Corte serían 6 miembros conservadores y sólo 3 más democráticos, con lo que -aún perdiendo Trump – el nuevo gobierno tendría marcados límites jurídicos para empezar una actuación política diferente.

Cualquier duda, Biden puede preguntarle a Alberto Fernández sobre su frustrante experiencia con la Corte Suprema heredada del macrismo.

Sergio Ortiz

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