Con velas para todos los santos de los distintos panteones religiosos, se mira hacia el reciente empeño de equilibrar tendencias mundiales de alta conflictividad y riesgos, con una muy tímida esperanza, pero fe en definitiva. Y como no todo el monte es de orégano, al sospechoso curso del 2019 le aparecen contrarios.

Era hora, dirá cualquiera, mientras casi de inmediato surgen dudas sobre la efectividad y alcances de una propuesta con exiguas oportunidades de triunfo a corto plazo. La Internacional Progresista es el nombre de un esfuerzo impulsado por personalidades distintas para atenuar las macro tendencias ultraderechistas de este momento y, también, buscando que los síntomas de desintegración territorial o asociativa y hasta los anunciados cracs económicos, superiores al de la crisis del 2008, se repitan.

Pocas publicaciones le dan espacio a las ideas sobre las cuales se construye esta ¿utopía? El punto central del manifiesto con el cual se proyectan es bastante elocuente: “Hay una guerra global en marcha contra los trabajadores, contra el medio ambiente, contra la democracia, contra la decencia. Una red de facciones derechistas se está extendiendo a través de las fronteras para erosionar los derechos humanos, silenciar la discrepancia y promover la intolerancia. Desde 1930 la humanidad no se enfrentaba a una amenaza así”.

Las figuras vertebradas de un empeño que camina en sentido inverso a las alianzas extremistas surgidas en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica (ya conectadas o en las preliminares de hacerlo) son el norteamericano Bernie Sanders y el griego Yannis Varoufakis. Se les asocia James Galbraith, perito económico, progresista como su afamado padre, entre otros por igual convencidos de que mantener la profundizada desigualdad entre sectores ciudadanos y la aplicación de criterios que fomentan odio e intolerancia solo conducen a un abismo moral y cuanto de ello se deriva.

Ni el senador por el estado de Vermont ni el ex ministro heleno, pretenden dar golpes de estado o subvertir el orden existente. Se proponen darle vía a una red global de izquierdas que neutralice en parte por lo menos, la deriva extremista de falsos populistas o extra nacionalistas, tras los cuales se oculta un capitalismo desbocado o, según algunos autores, uno coleteando con furia para sobrevivir antes de perecer. Entre estos y aquellos no están ausentes quienes consideran que ese sistema fue capaz siempre de rejuvenecer o reinventarse y por ello no creen posible su fin. Pero son más quienes esgrimiendo datos comprobatorios de que la enfermedad es gravísima y por eso mismo, peligrosa. Antes de irse a freír espárragos, tratará de tragárselos crudos. Eso significa guerra y peor que las anteriores, riesgo atómico mediante.

Para Sanders el empleo de un programa parecido al de Roosevelt (New Deal) para sacar a EE.UU. de la Gran Depresión a mediados de los años 30 del siglo 20,  sería el paliativo capaz de atenuar las incongruencias de la fórmula pre y post Trump. Eso intentaba alcanzar  el senador y se postuló a cuenta y riesgo personales a la presidencia, pero la superestructura del Partido Demócrata rechazó casi por instinto a quien hablaba de socialismo sin rubor en un país donde serlo ha sido un anatema.

Y no se trata de la ideología o la praxis marxista, sino del liberalismo tradicional estadounidense, en los hechos, lo sociológicamente más avanzado que haya podido llegar a esa porfía por la Casa Blanca. La truncada experiencia no sofocó los ardores políticos de Sanders y al asociarse al “polémico” griego, le añade leños a sus fuegos.

Varoufakis, quien luego de presentarle batalla a las estrictas directrices de la Unión Europea mientras fue ministro de finanzas, dejó su cargo cuando el gobierno de Atenas pasó sobre la voluntad popular que le otorgó su apoyo para maniobrar sin perder soberanía ni bienes, creó el DiEM25, un partido con el cual intenta agrupar sectores anti neoliberales dentro de Europa, pero parece tener bastante simpatía pero pocos adherentes.

Sintetizando su empeño, consiste en reinstaurar el Estado de Bienestar establecido en el Viejo Continente después de la II Guerra. Hay, en medio, un enorme obstáculo: aquella experiencia más humanizada, surgió como contrapartida del campo socialista. Desaparece, no es casualidad,  cuanto ocurre la implosión de ese bloque.

Tal circunstancia (no tener oponentes ideológicos) añadidos a la digresión de las fuerzas de avanzada, resulta un terreno poco fértil para el crecimiento de semillas social o suficientemente mente progresistas. Lo formulado por este grupo, se parece mucho a la antigua y original socialdemocracia, tan provechosa en su momento y tan desteñida y traicionada a posteriori.

Por fortuna crece el miedo a cuanto puede ocurrir si se mantienen y aumentan los extremismos de quienes llegan al poder con diferentes discursos, aprovechándose del descontento y las frustraciones ciudadanas, o en alianzas que disfrazan lo peor de esas tendencias.Ese sentido de sobrevivencia lleva a ciertas cautelas de los dirigentes políticos en varios países y a reacciones de rechazo popular todavía inmaduras. En una u otra variante el resultado lleva a la inestabilidad permanente y a convertir en casi imposible la gobernabilidad.

La salida del Reino Unido de la UE, -todavía es una incógnita cómo, pero los vaticinios son pesimistas- las asociaciones políticas contra natura (¿Italia, Alemania?)  o empeños similares al que en España, transgrede las normas del buen proceder y hasta de las maneras básicas de conducta, o la anómala situación en EE.UU. donde son más los que se van o son idos, que quienes llegan o asumen con responsabilidad una función, con un jefe de estado que se dice y desdice con pasmosa indolencia, aunque ello afecte a millones dentro y fuera, son algunos, más no todos los botones donde están reflejadas las incoherencias actuales.

Hay poderosas fuerzas enfilando cañones hacia objetivos erróneos, mientras crecen estas yerbas incomibles, letalmente venenosas.

Elsa Claro

Elsa Claro: Periodista cubana especializada en temas internacionales.

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