Como Donald Trump, Jaír Bolsonaro ganó y conquistó el gobierno, pero sin obtener la mayoría de los votos sino un 39% del padrón electoral ya que los votos en blanco y nulos suman 11 millones y 33 millones más se  abstuvieron.

Bolsonaro obtuvo 10 millones de votos más que Haddad pero, entre los que votaron críticamente por el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) y quienes votaron contra ambos candidatos o se negaron a votar por ellos, suman el 61% y constituyen una amplia mayoría. Como se sabe, una cosa son las urnas y otra la realidad de las luchas sociales.

Como Trump, Bolsonaro actúa como en tierra conquistada. Su ministro de Educación (¡!), un general retirado, retirará todos los libros que mencionen  la dictadura con esa palabra y adoptará la teoría creacionista, sepultando a Darwin y al evolucionismo, además de poner un policía en cada aula para impedir que el profesor “haga política”. Bolsonaro dice además que la ONU es “un  nido de comunistas” y se declara dispuesto a retirarse de ella y su ministro de Hacienda (Finanzas) declara que el Mercosur no es prioritario.

El nuevo presidente, por otra parte, no hará su primer viaje a Buenos Aires sino a Washington, Israel y al Chile del pinochetista Piñera en un intento claro de crear un cerco en torno a Argentina en el caso de que Macri pudiera perder el gobierno. Retorna así como en el siglo XIX la geopolítica clásica del ejército brasileño, o sea, la preparación para un conflicto armado con Argentina.

Su gobierno es neofascista, pero sólo una parte de su electorado es como él. El resto es racista, como son racistas la mayoría de los mexicanos, los argentinos o los colombianos y buena parte de los cubanos, y es también políticamente atrasado y conservador. Además, repudia un sistema de gobierno cleptocrático y en particular al PT, que desilusionó a muchos cuando compró apoyos con métodos ilegales y que no se diferencia de los demás partidos prácticamente en nada porque entregó menos tierras que cualquier otro gobierno, no educó políticamente, frenó las luchas y movilizaciones populares, aplicó una política neoliberal e impidió los intentos de Chávez de crear organismos integradores, como el Banco Sur o un ferrocarril Caracas-Sao Paulo-Buenos Aires.

Bolsonaro concentró todas las rabias y las insatisfacciones y se apoya sobre el miedo a la violenta delincuencia, que se recluta entre los pobres, es decir, entre afrodescendientes, y la rabia frente a la corrupción descarada. Es el anticapitalismo de los pequeñoburguess ignorantes. Pero no logró –todavía- formar un movimiento fascista aunque se dirige a eso. Tropieza con un sector de la alta burguesía que teme que el fracaso de una dictadura provoque un estallido social, conoce la volatilidad del electorado brasileño y sabe que, si Lula hubiese sido candidato, habría ganado (y por eso lo encarceló). Por eso Bolsonaro es enemigo mortal del ex presidente Fernando Henrique Cardoso y amenazó destruir la Folha de Sao Paulo que criticó un desvío de fondos públicos que realizó como diputado.

También enfrenta un Congreso en el que el PT tiene una fuerte bancada y que puede ofrecerle resistencia. Pero, sobre todo, enfrenta todo el Nordeste brasileño que votó PT y, en el Centro-Sur, donde ganó, deberá combatir contra la resistencia sindical y obrera en cuanto intente llevar a cabo sus planes (como la eliminación del aguinaldo, propuesta por su vice, otro generalote retirado, más culto, menos tonto, aún más reaccionario). Si Dilma se enfrentó con los estudiantes y los favelados, Bolsonaro tendrá tarea doble en el terreno social.

El ejército, que maneja a Bolsonaro, no lo seguirá en cada barbaridad que se le ocurra y, por ahora, mantiene cierta cautela. El PT, por su parte, no es un partido de lucha sino una maquinaria electoral en crisis y ha perdido el apoyo de muchos obreros del ABC paulista, la zona industrial metalúrgica mayor de América Latina y de buena parte de las clases medias urbanas y rurales del Centro-Sur. Es hoy un partido de los pobres, no  de los trabajadores,  y no tiene ideas ni fuerzas para recuperarse. La izquierda anticapitalista, en cambio, es pequeña (sumada llega al 2%), sectaria y está fragmentada, pero en ella hay quienes tienen alguna influencia en sectores populares, como la concejal de Rio de Janeiro Marielle, que por eso fue asesinada.

Será Bolsonaro, con sus medidas y su brutal estupidez, quien organice la resistencia y, al buscar un eje con Trump, provocará también resistencias en los países vecinos, que ven resurgir amenazador el subimperalismo brasileño de la dictadura. El diario argentino La Nación, órgano de la agroindustria y del capital financiero, ya marcó distancias, al igual que Mauricio Macri, frente a Bolsonaro. Todo este proceso podría ser acelerado por una nueva ola de crisis mundial, como la que se prepara, la cual golpearía a países como Brasil o Argentina.

Por ahora, tiene unos meses por delante. Veremos cuál será la interacción entre lo internacional y lo brasileño y entre los económico y lo político-social. Vivimos tiempos de balance autocrítico y de vigilia de combates.

Guillermo Almeyra

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