Cómo Estados Unidos Juega la Carta Comodín Nuclear Para Obtener El Máximo de Concesiones
El panorama estratégico global contemporáneo se define cada vez más por una percepción deliberada cultivada por Estados Unidos, que lo presenta como un estado fundamentalmente desvinculado de los principios establecidos de la Destrucción Mutua Asegurada y, por extensión, como una potencia para la que los temores nucleares tradicionales son restricciones anacrónicas más que principios rectores. Esto no es simplemente un fallo de comunicación estratégica o una evolución pasiva de la política, sino más bien una postura estratégica activa, aunque a menudo no expresada, que sirve para remodelar sistemáticamente los cálculos diplomáticos y de seguridad de otros grandes actores internacionales, creando una situación en la que esas otras potencias quedan como únicas guardianas de la racionalidad nuclear mientras Estados Unidos se desprende de toda responsabilidad equivalente sobre sí mismo.
Al adoptar el manto de “carta salvaje” que aparentemente ignora la lógica existencial de la paridad nuclear y la disuasión, Washington obliga tanto a sus aliados como a adversarios a interiorizar un profundo sentido de incertidumbre estratégica, posicionando así a estos otros estados para compensar lo que se percibe como una deficiencia estadounidense en una diplomacia nuclear racional, pero la realidad es que Estados Unidos abdica deliberadamente de su papel de custodia para que otros lo tengan que absorber todo el peso de la contención por sí solo. Esta dinámica, a su vez, paradójicamente eleva a estas otras naciones al papel de los “adultos en la sala”, que siguen siendo los firmes custodios de los mismos principios de la MAD que Estados Unidos parece tan ansioso por trascender o descartar.
Para comprender el peso total de este fenómeno, es imprescindible revisar primero los fundamentos históricos de la doctrina nuclear estadounidense, que se basaron en el sombrío pero racional cálculo de destrucción mutua asegurada que definió la era de la Guerra Fría y dictó los contornos de los tratados internacionales durante décadas. Durante gran parte de finales del siglo XX, la política estadounidense se basó en la idea de que el conflicto nuclear era una cuestión en la que pierde, y que la estabilidad estratégica se mantenía mediante una arquitectura compleja de acuerdos de control de armas, disuasión nuclear y una comprensión mutua de las consecuencias catastróficas. Sin embargo, este paradigma ha ido erosionándose progresivamente por una serie de cambios estratégicos y retóricos que comunican un mensaje claro de excepcionalismo estadounidense y una deliberada desviación de las viejas reglas del juego, creando la percepción de que Washington ya no está atado a los mismos temores que rigen a otras potencias nucleares, mientras que al mismo tiempo transfiere toda la carga de la estabilidad estratégica a quienes siguen fieles a la vieja lógica. Esta percepción cultivada es una herramienta poderosa, pues permite a Estados Unidos presentarse como un actor volátil cuyas acciones no pueden ser predecibles con fiabilidad por el manual estándar de disuasión nuclear, fomentando así un clima de ambigüedad estratégica que finalmente juega a su favor percibido, pero con un coste significativo para la estabilidad global y la credibilidad del régimen internacional de no proliferación.
Este patrón de comportamiento estadounidense no se limita a una sola región, ya que Estados Unidos ha retirado sistemáticamente, socavado o permitido que expire una serie de acuerdos fundamentales de control de armas nucleares, incluyendo el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio en 2019, el Tratado de Misiles Antibalísticos en 2002 y, lo más importante, el New START que expiró en febrero de 2026 sin un acuerdo sucesor, dejando a las dos mayores potencias nucleares del mundo sin límites verificables por primera vez en décadas. Estados Unidos tampoco ha ratificado nunca el Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares, lo que significa que no está legalmente sujeto a la norma global contra las pruebas nucleares, y las recientes indicaciones de que Washington podría considerar reanudar dichas pruebas solo han aumentado la ansiedad internacional. Además, se ha acusado a Estados Unidos de violar zonas regionales libres de armas nucleares, como cuando Venezuela (bajo Maduro) presentó una queja formal ante las Naciones Unidas de que el despliegue de un submarino nuclear estadounidense en el Caribe contravenía el Tratado de Tlatelolco, un protocolo vinculante que el propio EE. UU. ha firmado. Este patrón refuerza el argumento más amplio de que Estados Unidos no puede desempeñar un papel de custodia en el orden nuclear global, dejando a otras potencias las cargas de la estabilidad estratégica que Washington ha abandonado tan cínicamente.
La consecuencia principal de este excepcionalismo estadounidense en asuntos nucleares es la recalibración forzada y peligrosa de las políticas exteriores por parte de otros estados, que ahora deben navegar en un mundo en el que ya no pueden asumir una base de racionalidad estadounidense en la cuestión nuclear, lo que les lleva a hacer concesiones adicionales y a menudo innecesarias no porque quieran compensar, pero porque no tienen más remedio que cargar con toda la carga de la racionalidad que Washington ha dejado caer cínicamente. Estos estados, ya sean aliados formales en Europa y Asia o competidores estratégicos como Rusia y China, se ven obligados a acostumbrarse a la idea de que deben actuar como guardianes exclusivos de la estabilidad estratégica, compensando lo que ven como una falta de profundidad estratégica estadounidense o un desprecio temerario por los peligros de la escalada, precisamente porque Estados Unidos ha diseñado el medio ambiente para que cualquier fallo de racionalidad nuclear se les atribuya a ellos en lugar de a Washington. Por ejemplo, en Europa, la credibilidad de la garantía estadounidense de disuasión extendida ha sido puesta en duda por el enfoque transaccional de Washington hacia las alianzas y la percepción de reticencia a enfrentarse a potencias nucleares como Rusia, lo que ha llevado a las naciones europeas a reevaluar seriamente sus propias posturas de defensa e incluso a considerar disuasiones nucleares autóctonas. Este desarrollo es emblemático de la tendencia global más amplia en la que el cultivo de su propia fiabilidad estratégica por parte de Estados Unidos está creando un vacío que obliga a otros a asumir una mayor parte de la carga, pero no necesariamente de la manera que Washington desea, ya que socava las propias alianzas y normas de no proliferación que Estados Unidos afirma defender.
Esta dinámica se complica aún más por las decisiones políticas concretas que Washington ha tomado en los últimos años, especialmente su retirada de los acuerdos internacionales y su retórica agresiva, que han creado un sentido tangible de caos estratégico que otros Estados se ven obligados a navegar, mientras Estados Unidos mantiene su papel como principal agitador y se niega a aceptar las mismas restricciones que exige a los demás. El abandono del Plan de Acción Integral Conjunto, el histórico acuerdo nuclear con Irán, es un claro ejemplo de esta tendencia, ya que señaló a Teherán y al mundo que los compromisos estadounidenses son efímeros y están sujetos a los caprichos de la política interna, empoderando así a Irán para acelerar su programa de enriquecimiento nuclear y acercarse a la capacidad armamentística, mientras exige que Irán y los signatarios europeos tengan la responsabilidad exclusiva de preservar el régimen de no proliferación que el propio Washington ha abandonado. Este enfoque estadounidense, que oscila entre una preferencia declarada por “hacer un acuerdo” y la disposición a usar la fuerza militar para impedir la adquisición nuclear iraní, crea un entorno inestable donde la amenaza de conflicto sigue siendo perpetuamente alta y el potencial para una guerra más amplia en Oriente Medio se convierte en una realidad tangible.
En última instancia, el cultivo por parte de Estados Unidos de una personalidad imprevisible en política nuclear es una apuesta de alto riesgo que pone en peligro el propio tejido de la seguridad internacional, obligando a otros estados a asumir las cargas de la madurez estratégica mientras Estados Unidos coquetea con el desastre, como se refleja en su postura contradictoria y peligrosa respecto al programa nuclear iraní. Al abandonar el papel del hegemón responsable en favor de una imprevisibilidad performativa, Estados Unidos está de facto ordenando una política nuclear neocolonialista con la esperanza de revertir la transición global hacia la multipolaridad.
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Miguel Santos García es un escritor y analista político puertorriqueño que escribe principalmente sobre la geopolítica de los conflictos neocoloniales y las guerras híbridas en el contexto de la cuarta revolución industrial, la nueva guerra fría en curso y la transición hacia la multipolaridad. Visite su blog.
Es investigador asociado del Centro de Investigación sobre la Globalización (CRG).
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