Con Cuba, sin dudar ni un segundo

En una madrugada de carnaval en Santiago de Cuba, hace 68 años, partieron de la granjita Siboney los automóviles de los asaltantes del Cuartel Moncada. Simultáneamente hacían lo mismo hombres y mujeres que se disponían asaltar el Cuartel Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo, y el hospital y palacio de los tribunales en la capital de la provincia.

Poco más de cien revolucionarios que ardían de impaciencia y coraje. La mayoría eran jóvenes del Partido Ortodoxo que abrazaban la lucha armada contra una dictadura. A la cabeza de ellos estaba un abogado y ex candidato a diputado en frustradas elecciones parlamentarias: Fidel Alejandro Castro Ruz, de 27 años, hijo de un hacendado, Ángel Castro Argiz, inmigrante gallego.

El objetivo que se perseguía era convocar una insurrección popular para derrocar a la dictadura del ex sargento -auto encumbrado a general- Fulgencio Batista.

El propósito no se logró. La rebelión armada significó una sangrienta derrota militar para los revolucionarios.

El puñado de sobrevivientes, entre ellos Fidel Castro -que en el juicio que los condenó a prisión hizo su defensa con un macizo discurso que se conoce como “La historia me absolverá”-continuaron la lucha en prisión, en el exilio y en la guerrilla, hasta la victoria de enero de 1959.

Ha pasado más de medio siglo de triunfos, errores y desventuras de la Revolución Cubana, asediada sin pausas por el imperio yanqui. El calendario de agresiones a Cuba registra cuanto pueda imaginar el cerebro enfermo de odio de un Calígula nuclear.

La invasión de mercenarios por Playa Girón en 1961, los intentos para asesinar a Fidel –desde el fusil con mira telescópica al veneno oculto en un cigarro-, la formación y pertrechamiento de bandas en el Escambray, la introducción en el país de enfermedades contagiosas, la destrucción con elementos químicos de cañaverales y siembras, el sabotaje a instalaciones industriales, la explosión del barco “La Coubre” en el puerto de La Habana, el espionaje aéreo y electrónico, el financiamiento de conspiraciones y -para resumir tanta iniquidad-: el bloqueo, la acción más despiadada e inhumana contra un pueblo que conoce la historia.

El bloqueo yanqui intenta estrangular por hambre, carencias y enfermedades a todo un pueblo. La historia no registra un crimen más aborrecible que el que viene cometiendo EE.UU. contra Cuba. Jamás una nación se ha visto -como sucede con Cuba- presionada a tal extremo por la potencia militar y económica más grande del mundo que intenta obligarla a arrodillar su dignidad y rendir su independencia y soberanía.

Pero ha sido la dignidad de Cuba, recuperada por el proceso que comenzó aquella madrugada de 1953 en la granjita Siboney de Santiago de Cuba, la que ha resistido todos los golpes mafiosos de EE.UU. Cuando se escriba la historia de este periodo histórico, sin duda, la responsabilidad criminal de EE.UU. avergonzará a los ciudadanos norteamericanos, como ya comienza a suceder. La ciudadanía decente e informada de EE.UU. está del lado del David del Caribe que desafía a la Casa Blanca y al Pentágono.

En América Latina tenemos que trazar lazos de unidad con la solidaridad que Cuba despierta en EE.UU., Europa, África y Asia.

Sobre todo nosotros, latinoamericanos, hermanos de Cuba, tenemos el deber de abrazar la isla con el afecto, admiración y solidaridad activa que ha ganado con su valor antimperialista.

En las actuales horas difíciles -quizás las más amargas de su historia-, Cuba necesita esa solidaridad para ayudarla a fortalecer sus reservas morales y políticas, corregir -como está haciendo- sus errores e insuficiencias y oponer una vez más la unidad de su pueblo a las amenazas del imperio.

Manuel Cabieses D.

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