Demoliciones y restauraciones Corp.

Sección El arte de la guerra

Existe una sociedad multinacional que, a pesar de la crisis, trabaja a más no poder. Se ocupa de demoliciones y de restauraciones, no de edificios sino de Estados por completo. La casa madre se sitúa en Washingtón, donde reside el Chief executive officer (Ceo), administrador delegado, en la White House. Los principales departamentos generales regionales están en París y en Londres, a manos de jefes rastreros y de codiciosos comités de asuntos, pero la multinacional tiene filiales por todos los continentes. Los Estados que echan a bajo son los que se sitúan en áreas ricas en petróleo o en una posición geoestratégica importante, pero siendo totalmente o en parte fuera de control para la multinacional. Se privilegia, en la lista de las demoliciones, a los Estados que, aunque ejercieran represalias, no tienen una fuerza militar capaz de poner en peligro la de los demoledores. La operación se inicia entorno a las grietas internas, presentes en cualquier Estado. En la Federación Yugoslava, en los años 90, se fomentó las tendencias a seccionar, apoyando y armando a los sectores étnicos y políticos que se oponían al gobierno de Belgrado. Hoy en Libia, se apoya y se arma a los sectores tribales hostiles al gobierno de Trípoli. Se realiza esta operación apoyándose en nuevos grupos dirigentes, por lo común son políticos que cambian a la oposición para acaparar puestos de poder y dólares. Luego, se pide la autorización a la oficina competente, el Consejo de seguridad de la ONU, motivando la intervención por la necesidad de echar al dictador que ocupa los estratos superiores (ayer fue Milosevic, hoy es Gadafi). Basta con un sello que dice “autorizamos todas las medidas necesarias”, pero, si no se obtiene el sello (como ocurrió en el caso de Yugoslavia), se sigue a pesar de todo. El equipo ya preparado de los demoledores entra en acción con un ataque aeronaval masivo y operaciones terrestres en el interior del país, alrededor del cual se hizo un vacío con un embargo drástico. Mientras tanto, el sector publicitario de la multinacional recalca una campaña mediática que presenta la guerra como necesaria para defender a los civiles amenazados por el dictador feroz. Una vez acabada la demolición, se empieza la construcción de un Estado nuevo (como en Iraq y en Afganistán) o de un conjunto de Estados rabadillas (como en ex Yugoslavia) a manos de administradores afiliados. El otro sector importante de la multinacional es el de la restauración de Estados oscilantes, como Egipto, Túnez, Yemen y Bahrein, cuyos fundamentos fueron trastornados por el movimiento popular que defenestró o puso en dificultad a los regímenes garantes de los intereses de las potencias occidentales. Siguiendo la directiva del Ceo que asegura una transición ordenada y pacífica, la restauración se organiza consolidando antes de todo el pilar sobre el cual ya se apoyaba el poder -la estructura sustentadora de las fuerzas armadas- pintándolo con los colores arco iris de la democracia. Así se restauran los Estados afectados por el terremoto social, y teniendo un pie en ellos la multinacional funda su influencia en África del Norte y en Medio Oriente, y provoca en mismo tiempo temblores artificiales para que se pueda demoler otro Estado relativamente independiente.

En la casa madre se brinda ya por el peligro apartado de la revolución árabe. Sin embargo, en la profundidad de las sociedades árabes, crecen las tensiones que preparan un nuevo terremoto bajo los cimientos del palacio imperial.

Edición del martes 30 de septiembre de 2011 de il manifesto

Traducido del francés  para Mondialisation.ca por Stéphanie Dehorter

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