El canciller de Rusia, Serguei Lavrov, acusó ayer al gobierno de Estados Unidos de ejercer una presión colosal sobre sus aliados para lograr la expulsión de más de 140 diplomáticos rusos de Canadá, de 16 países europeos, de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y hasta de la sede las Naciones Unidas en Nueva York. El funcionario advirtió que Moscú responderá porque nadie acepta así como así semejante canallada.

Este nuevo episodio de la confrontación de las potencias occidentales contra el Kremlin se inició por el envenenamiento del ex agente doble ruso Serguei Skripal y de su hija en la localidad inglesa de Salisbury. Las autoridades británicas acusaron de inmediato al gobierno ruso de haber orquestado la agresión, que habría sido perpetrada con un agente nervioso llamado novichok. Moscú respondió negando toda responsabilidad en el atentado y propuso la realización de una investigación bilateral a la que el gobierno de Londres se ha negado. Así, sin que los acusadores fundamentaran la imputación, Gran Bretaña invocó la solidaridad de sus aliados occidentales, un llamado del que Donald Trump se hizo eco de inmediato. Posteriormente, el ministro inglés de Relaciones Exteriores, Boris Johnson, se refirió a la expulsión masiva de diplomáticos rusos como un golpe del que la inteligencia rusa tardará años en recuperarse, una declaración que pone en cuestión el motivo original de la represalia por el atentado de Salisbury.

Al margen de la discrecionalidad y la arbitrariedad con que Washington y sus socios han actuado en este episodio, de suyo preocupantes, la expulsión de diplomáticos enrarece en forma significativa las relaciones entre Moscú y las potencias occidentales, minimiza los canales de comunicación entre ambas partes y recrudece, de esa manera, una hostilidad creciente y sin sentido cuyas implicaciones son por demás peligrosas.

No debe soslayarse que entre Rusia –la segunda potencia nuclear del mundo– y los integrantes de la OTAN debiera primar un intenso intercambio político y diplomático, así fuera para prevenir una escalada que podría conducir a un enfrentamiento abierto y catastrófico. Con las expulsiones referidas los cruces de información entre ambas partes quedarán reducidos a mínimos históricos desde la guerra fría y ello multiplicará los riesgos de equivocaciones y malentendidos que podrían resultar fatales, tanto para los involucrados de manera directa como para el resto de las naciones.

Más allá del turbio episodio del ataque al ex espía Skripal y su hija, la motivación de los gobiernos occidentales parece ser el afán de frenar la actividad de la diplomacia rusa, la cual se ha apuntado en tiempos recientes éxitos indudables que, tras la debacle por el derrumbe de la Unión Soviética, han recolocado al Kremlin como un actor de primera importancia e influencia en la escena mundial. De ser así, la visión de Estados Unidos y de sus socios estaría exhibiendo una pavorosa miopía pues, al final de cuentas, a menor actividad diplomática, mayores son los riesgos del estallido de guerras abiertas y conflictos armados de baja intensidad.

La Jornada

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