El fin del boom de las exportaciones de commodities alteró el escenario existente hasta hace poco en América Latina e inauguró un período de incertezas. En esta entrevista el investigador Decio Machado aborda el panorama político y económico de la región y el escenario coyuntural del Ecuador, cuya sociedad ira a las urnas el próximo día 19 de febrero para escoger al sucesor de Rafael Correa en la presidencia del país. Machado alerta que “los beneficios derivados del auge del precio de los commodities durante estos años anteriores ya desaparecieron” y “el crecimiento de la deuda externa vuelve a ser una realidad inquietante”. Analizando el ciclo de gobiernos progresistas en América Latina, afirmó que existe un déficit de estos gobiernos respecto a la carencia de transformaciones estructurales y combinar la “radicalidad discursiva con la convivencia junto al poder de las élites económicas que históricamente dominaron nuestros países”. El pensador desarrolla fuertes críticas al modelo de desarrollo basado en la exportación de materias primas, y defiende que este sea superado. Para él, “tenemos que superar el faso dilema ´extractivismo o pobreza´implementado en América Latina, y “no deja de causar sonrojo que el planteamiento estratégico de los gobiernos latinoamericanos para superar el extractivismo esté basado en implementar cada vez más extractivismo”. El investigador abordó las relaciones económicas de la región con China, y considera las medidas proteccionistas que serán implementadas por el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos profundizarán aún más las “relaciones comerciales, económicas y militares que ya se vienen establecimiento entre América Latina y la zona Asia – Pacífico”. 

¿Cuál es escenario político y económico actual en Ecuador?

El país vive un momento de transición política. Tras diez años de mandato, Rafael Correa abandonará su cargo el próximo 24 de mayo, fecha en la que será investido el próximo presidente de la República del Ecuador. Más allá de quien gane las elecciones del 19 de febrero, esto significará un cambio en la política institucional del país, pues el correismo, para bien y para mal, en la práctica se transformó en una propuesta de concentración de poderes en torno a un líder carismático que difícilmente tendrá continuidad sin su presencia en el Palacio de Carondelet. En lo que concierne a lo económico, tras un prolongado período de bonanza derivado del llamado “boom de los commodities” el país se ha visto fuertemente golpeado por la caída del precio del petróleo, la apreciación del dólar y el encarecimiento del financiamiento externo. El sumatorio de estas circunstancias ha hecho que la economía ecuatoriana cierre el año 2016 con una contracción del 1,7%, a la par de que el déficit fiscal se ha mantenido pese a que la deuda pública (interna y externa) se haya incrementado notablemente. Indicadores sociales positivos logrados durante gran parte del período correista en el ámbito de la lucha contra la pobreza, la disminución del desempleo, las mejoras en las condiciones laborales de los trabajadores y el crecimiento de la capacidad adquisitiva de la población, se encuentran en la actualidad en franco deterioro.

¿Cómo define usted el gobierno de Rafael Correa? ¿Cuál es el legado de su gobierno?

Considero que quien mejor definió este período fue el propio presidente Rafael Correa cuando dijo aquello de que “básicamente estamos haciendo mejor las cosas con el mismo modelo de acumulación”. En la práctica, se trata de un gobierno que impulsó la modernización del sistema capitalista en Ecuador a través del fortalecimiento del rol del Estado. Para ello, se impulsaron políticas sociales compensatorias que fueron el eje de esta nueva gobernabilidad, a la par que se exacerbó el modelo de explotación extractivista de recursos naturales y se fomentó ampliamente la construcción de obras de infraestructura en el país. Su legado combina la estabilización política con el desarrollo de un modelo de Estado-control, lo que implica la desarticulación y neutralización del tejido social organizado que antaño había sido protagonista de grandes luchas sociales. Para ello, el correismo se empeñó en controlar la vida colectiva desde el aparato del Estado mediante la judicialización de la protesta social. Desde esa perspectiva el régimen correista es altamente involucionista, pues entiende al Estado-nación como límite del pensamiento y las prácticas emancipatorias de los distintos pueblos y nacionalidades que conforman Ecuador. En la actualidad, con el advenimiento de la crisis económica fruto del fin de la “década dorada de los commodities”, quedó en evidencia que lo construido en materia de mejoramiento de los indicadores sociales a lo largo de este período tiene unos pilares demasiado frágiles. Esto nos hace reflexionar sobre el hecho de que no es posible mejorar estructuralmente la situación de los pobres sin tocar los privilegios de las élites económicas y los grandes grupos de poder.

¿Cuál es su expectativa hacia las elecciones presidenciales? ¿Cree que Lenín Moreno será electo?
El hecho que Rafael Correa no esté en la papeleta de votación sumado a que el país se encuentra en recesión económica, generó amplias expectativas en los sectores de oposición al régimen. Sin embargo, han sido los propios errores de estos los que les llevaron a situarse en condiciones desfavorables durante esta contienda electoral. En el ámbito conservador, la rivalidad entre distintas facciones de la derecha no les permitió presentar una candidatura de unidad frente al régimen; y en el caso de las disidencias por la izquierda al correísmo, quienes si consiguieron unificarse en torno a una candidatura presidencial común, les faltó el valor para desarrollar un programa rupturista que fuera más allá de la prédica sobre la recuperación de la democracia y las libertades. El discurso de las diversas candidaturas opositoras, con independencia de su sensibilidad política, terminaron convergiendo en una narrativa común que se basa en el mal manejo económico del régimen durante los últimos años y la corrupción institucional existente, haciendo difícilmente distinguibles sus diferentes propuestas programáticas ante la ciudadanía. Por su parte, la campaña electoral del oficialismo esta basada en evidenciar la obra pública y la inversión social realizada durante esta década, posicionando a su candidato presidencial como cambio de estilo a la hora de gobernar dentro de la continuidad del régimen. Los sondeos serios sobre intención de voto en Ecuador indican que el oficialismo baja su intención de voto en función de que van aflorando distintos escándalos de corrupción durante el mandato del presidente Correa, mientras que los partidos de oposición no crecen en esa misma proporción. Mientras Alianza PAIS mantenga una ventaja superior a 10 puntos porcentuales sobre sus distintos rivales electorales, la disputa está en que la candidatura de Lenín Moreno obtenga el 40% de los votos válidos para ganar en primera vuelta. De no ser así, es decir, en caso de que exista una segunda vuelta o balotaje, la cosa podría complicársele al oficialismo, dado que estaríamos ante un escenario de rearticulación de alianzas entre las fuerzas opositoras.

¿Desde un punto de vista de la izquierda, quién es el mejor candidato a la presidencia de Ecuador?

Considero que si algo debemos aprender las izquierdas de este periodo definido como “ciclo progresista” en América Latina, es que más allá de que con determinadas políticas sociales se mejore coyunturalmente los guarismos de la desigualdad, es necesario políticas reales de redistribución de la riqueza que transformen el modelo de acumulación desigual heredado del neoliberalismo. El déficit de los gobiernos progresistas en lo que respecta a la falta de cambios estructurales en nuestras respectivas economías nacionales, deviene del hecho de que combinaron su radicalidad discursiva con la convivencia junto al poder de las élites económicas que históricamente han dominado nuestros países. Esto implicó que la crisis hegemónica neoliberal derivase en un modelo posneoliberal carente de proyecto anticapitalista. Volviendo al caso ecuatoriano, no veo en la candidatura presidencial oficialista ni en la candidatura aglutinadora de las izquierdas disidentes al correísmo ninguna reflexión al respecto. No encuentro ni en uno ni en otro programa la capacidad de imaginar el fin de la depredación capitalista.

En Ecuador, Correa tuvo desgastes por cuenta del fracaso de la iniciativa Yasuní-ITT. En Bolivia, el presidente Evo Morales tuvo problemas por causa del proyecto de la carretera en el Parque Tipnis. ¿Cómo ve la relación entre esos gobiernos y los movimientos sociales e indígenas de eses países?

El problema de fondo entre los llamados gobiernos progresistas y los movimientos sociales es que en estos países ha registrado un aumento de la represión contra la protesta social. Tanto en Ecuador como en Bolivia hemos visto como se han adoptado medidas administrativas en contra de las organizaciones sociales que han explicitado su rechazo al modelo extractivista, a la par que se han aplicado lógicas de criminalización a la protesta social sobre líderes comunitarios, organizaciones de mujeres y comunidades indígenas en resistencia. Estos hechos son un reflejo de la involución de estos procesos políticos, donde a la disidencia social se le ha acusado de rebelión, sabotaje e incluso de terrorismo. Asistimos a nivel planetario a la implementación de una nueva tecnología de poder por parte de los Estados, y para ello se necesita poner en marcha medidas de disciplinamiento que normalicen a la sociedad, descomponga a sus individuos, fijando procedimientos de adiestramiento progresivo y control permanente sobre la sociedad civil. Lo sorprendente en el caso de los países progresistas, es que dichas políticas se asuman con naturalidad por parte de gobiernos que dicen hablar en nombre de sus pueblos y movimientos sociales.

El desarrollo económico de América Latina en los años recientes fue en gran parte impulsado por la exportación de commodities. ¿Cuáles son los impactos de ese modelo extractivista para los países del continente? 

Durante esta última década y media el modelo de desarrollo latinoamericano ha agudizado su dependiente inserción internacional como proveedores de materias primas. Esto ha implicado una mayor vulnerabilidad de estas economías, subordinándolas a las fluctuaciones erráticas de los mercados globales. Más allá de esto, el impacto ambiental es incuestionable en el ámbito de la deforestación, la contaminación y el deterioro de la salud pública en los territorios afectados; y de igual manera también lo es el impacto en lo político, motivo por lo cual no es casualidad que en todos los países suramericanos se hayan identificado casos de corrupción vinculados a la gestión de sectores estratégicos y empresas extractivas. Junto a lo anterior viene de la mano un proceso de aceleración de lógicas vinculadas a la acumulación por desposesión, produciendo despojo, transformación violenta de las formas tradicionales de vida en las comunidades directamente afectadas, desplazamiento de sectores campesinos e indígenas de sus territorios históricos, militarización, criminalización de la protesta social, violencia estatal y paraestatal. Los defensores del extractivismo entienden este modelo como un mecanismo por el cual capitalizar al Estado, para posteriormente implementar políticas destinadas a la transformación de la matriz productiva e impulsar el desarrollo endógeno en sus respectivos países. Sin embargo, estos procesos extractivistas se caracterizan por ser economías de enclave, no generan actividades económicas nuevas a través del encadenamiento productivo ni se integran en el mercado laboral, orientando la explotación de recursos naturales hacia las necesidades del mercado global. En todo caso, no deja de causar sonrojo que el planteamiento estratégico de los gobiernos latinoamericanos para superar el extractivismo esté basado en implementar cada vez más extractivismo.

¿Cree usted que es posible revertir 500 años de colonialismo y extractivismo en América Latina? ¿Existe alguna alternativa a este modelo?

Como ya indiqué anteriormente, la superación del modelo primario exportador en el subcontinente basa su urgencia en cuestiones de índole económicas, políticas, ambientales e incluso de salud democrática. Para ello hemos de superar el falso dilema “extractivismo o pobreza”, implementado por los gobiernos latinoamericanos y especialmente por los que se abanderan como progresistas. Para ello es necesario generar una serie de medidas que serían complejas de desarrollar en su integridad durante esta entrevista, pero sobre las cuales voy a apuntar algunas ideas generales ya esbozadas por otros autores: frente a la reprimarización de las economías latinoamericanas es urgente poner en marcha medidas eficaces enfocadas a la diversificación de la producción nacional e incorporar el valor interno del retorno; el proceso de integración regional, hoy paralizado, debe ser la base para la búsqueda de complementariedades económicas entre los países de la región, reduciendo dependencia respecto a los mercados del norte; los países latinoamericanos deben buscar un nuevo perfil de especialización que les permita otra forma de inserción en el mercado global; es necesario generar políticas económicas eficientes en el ámbito del encadenamiento productivo, fiscal y de la demanda; y por último debemos, bajo un criterio de sostenibilidad planetaria, armonizar economía y sociedad con la naturaleza bajo los principios del Buen Vivir, pasando del antropocentrismo al biopluralismo. Estamos obligados, por el bien común y la supervivencia planetaria, a cambiar el actual paradigma civilizatorio.

¿En el marco de ese modelo económico extractivista, cómo ve usted la relación de América Latina con China? ¿Ud. diría que la economía latinoamericana depende de las materias primas que exporta para China?

Los principales beneficiarios del auge del comercio entre China y América Latina han sido los exportadores de materias primas. Fíjate que durante el período comprendido entre 2001 y 2010 las exportaciones de productos mineros y combustibles fósiles a China crecieron a un ritmo del 16% anual. Si quitas a México, las cinco principales exportaciones de bienes primarios de todos los países de la región representan como mínimo el 80% del valor total de las exportaciones a China, siendo las materias primas su eje motriz. Esto hizo que la región sufriese una fuerte reprimarización de sus economías. Sin embargo, en la actualidad China está atravesando por un programa de reajuste de su modelo de desarrollo hacia algo que pretende ser más sostenible en el tiempo. Esto implicará un menor dinamismo en su crecimiento económico y una mayor dependencia de su consumo interno, junto al impulso de industrias con mayor valor agregado y servicios. Volviendo a la lo expresado en la pregunta anterior, si América Latina, pese a la asimetría existentes en su relación comercial con China, quiere seguir siendo competitiva ante este país, esta obligada a diversificar y modernizar su estructura productiva. Según proyecciones de la CEPAL enmarcadas en el ámbito de las reformas que en la actualidad están teniendo lugar en China, para el 2030 el crecimiento promedio de las exportaciones latinoamericanas de metales y minerales hacia este país podría caer del 16% en la década anterior al 4% y los mismos indicadores de reducción se prevén en el caso de los combustibles. Sin embargo, China tendrá el año 2030 una cifra superior a 1.400 millones de habitantes. Mientras la población china equivale al 19% de la población global, el país tan solo dispone de un 7% de tierra cultivable y el 6% de las reservas hídricas mundiales. En base a la recomposición del consumo que se está dando en China (desciende la demanda de arroz y trigo mientras aumenta el consumo de azúcar, carne de ave y ovino, pescado, aceites vegetales, frutas y verduras, leche y carne de ternera), América Latina debería estar diseñando políticas proactivas de desarrollo productivo en esos sectores, potenciando la asociatividad de los pequeños productores y cooperativas para que tengan un rol destacado en la exportación de productos agropecuarios, con un modelo de producción respetuoso con el entorno natural y con políticas de dignificación del empleo y salarios. Por poner tan solo otro ejemplo, en el caso del turismo, donde China se ha convertido en un gran mercado exportador de visitantes al extranjero, la situación de América Latina también continúa siendo marginal sin que estos gobiernos tengan hasta el momento capacidad de alterar sustancialmente esta realidad. Los gastos de los turistas chinos en el exterior fueron en el año 2015 de 215.000 millones de dólares, un 53% más que el año anterior. Sin embargo, de estos más de 120 millones de embarques internacionales protagonizados por la población china, tan sólo el 0,7% llega a América Latina, hospedándose además en instalaciones cuya propiedad es de grandes holdings hoteleros internacionales, en lugar de potenciarse el turismo comunitario, la economía social y solidaria, así como a las economías de los habitantes de las localidades afectadas.

¿Cómo ve las perspectivas económicas para América Latina? Las proyecciones del FMI y del Banco Mundial indican un bajo crecimiento en 2017.

Como ya demostró Tomas Piketty, desde 1700 hasta 2012 la economía mundial creció en promedio 1,6% anual, mientras la tasa de retorno del capital estuvo entre el 4 y 5%, lo que implica que la riqueza global terminó en muy pocas manos y en el caso de América Latina estos indicadores han sido aún de mayor concentración. A pesar de la reducción de los indicadores de pobreza a los que hemos asistido durante los últimos años en la región, fruto de no haberse intervenido sobre los pilares estructurales de la desigualdad, en la América Latina de hoy el 10% más rico de la población concentra en la actualidad el 71% de la riqueza regional. El propio Banco Mundial goza de informes en los cuales se indica que si esta tendencia continúa, en menos de diez años, el 1% mas rico de la región tendrá más riqueza que el 99% restante. Desde esta perspectiva, el problema no es tanto el indicador de crecimiento pronosticado por las instituciones de Bretton Woods, sino como es repartida dicha riqueza en nuestra región. Es un hecho que las ganancias derivadas del auge del precio de los commodities durante los años anteriores ya se desvanecieron y que el crecimiento de la deuda externa vuelve a ser una realidad inquietante sin que por eso se estén aplicando políticas fiscales claramente progresivas que busquen modelos comprometidos con la equidad social. Lo anterior no quita para reconocer que estamos ante la primera recesión bianual en más de tres décadas en la región, lo que implica también el riesgo de que parte de los sectores que se incorporaron a las clases medias en estos últimos años puedan revertir su condición en un futuro inmediato. Según la CEPAL, ya en 2015 se incrementó en siete millones de personas el número de pobres en América Latina, lo que representa un retroceso sobre los indicadores de disminución de la pobreza obtenidos durante el período inmediatamente anterior. Pero hablemos claro, a pesar de lo explicitado anteriormente los gobiernos de América Latina y entre ellos también los de perfil progresista, siguen otorgando un trato favorable a las compañías multinacionales en materia fiscal. Un reciente estudio realizado por Oxfam revela que la carga impositiva para las empresas nacionales latinoamericanas equivale al doble de la carga efectiva soportada por las compañías transnacionales, lo cual no puede hacernos sentir más que vergüenza en una región que es considerada como la más desigual del planeta.

¿Cuáles son las perspectivas para América Latina en el gobierno Trump, y para México en especial? 

Ni en su campaña electoral ni en su discurso de investidura Donald Trump le ha dado mayor importancia a América Latina. Más allá de lo especulativo, en lo que concierne al subcontinente tan solo existen dos anuncios claros: la ratificada propuesta de ampliar el muro ya existente en la frontera sur estadounidense y la renegociación del Tratado de Comercio de América del Norte (TLCAN) que tendría un impacto sobre México, así como la voluntad de “dar marcha atrás” a las medidas de normalización de las relaciones diplomáticas con Cuba impulsadas por la administración Obama. Comenzando por México, cabe indicar que los problemas de su economía nacional devienen de antes, y son el fruto de una divisa que se ha devaluado más de un 50% en los últimos dos años, una inflación al alza por los incrementos de la gasolina y la energía eléctrica, una deuda pública que alcanza ya el 48% del PIB y una serie de periódicos recortes del gasto público que han mermado la capacidad adquisitiva de su población. Más allá de lo anterior, el “efecto Trump” está generando que los cinco sectores que concentran el 60% del PIB mexicano (manufactura, comercio, sectores inmobiliarios, construcción y minería) estén registrando una importante desaceleración respecto al año anterior. La inestabilidad económica que atraviesa el país está provocando fuga de capitales, sus exportaciones a los Estados Unidos tienen el riesgo de sufrir un gravamen del 35% y la industria maquiladora que se ubica en la frontera podría incluso llegar a desaparecer. Parte de lo que sucede hoy en México es la consecuencia de que el país ha sido incapaz de diversificar sus exportaciones, hecho que determina que el 80% de estas tengan como destino los Estados Unidos. Entiendo que en la actual coyuntura, el gobierno mexicano está obligado a modificar esta realidad y reposicionar con urgencia su mirada sobre el mercado asiático. A pesar de la importancia adquirida por China en la región, las ventas de productos mexicanos a este país no sumaron más del 1,5% del total de sus exportaciones durante el pasado año. Respecto a Cuba, los beneficios económicos que ha traído para la isla su normalización de relaciones diplomáticas con Estados Unidos son evidentes y ahora podrían estar también en riesgo. En un momento en el que las economías de países solidarios con el pueblo cubano, como es el caso de Venezuela, están en deterioro, Cuba alcanzó el pasado año la cifra récord de cuatro millones de turistas. Esto implica un crecimiento del 13% del sector turístico cubano respecto al año anterior (segunda fuente de ingresos del país) y en ello tiene mucho que ver que el número de visitantes estadounidenses se haya incrementado en un 80%.

¿Cómo los eventuales cambios geopolíticos generados por la elección de Trump pueden impactar América Latina? ¿Si se concreta un escenario de mayor proximidad entre Estados Unidos y Rusia, qué significaría eso para nuestro continente?

Las lógicas proteccionistas que fueron el eje fundamental del discurso de campaña del ya hoy presidente Donald Trump, presuponen un escenario en el cual el acceso de los productos de exportación latinoamericanos hacia el mercado estadounidense posiblemente decrezca de forma notable. Lo anterior implicará una profundización aún mayor de las relaciones comerciales, económicas y militares que ya se vienen estableciendo entre América Latina y la zona Asia – Pacífico. No creo que la cosa vaya a más, dando que considero que la centralidad geopolítica que en algún momento llegó a tener América Latina se ha desplazado en los últimos años a otras zonas del planeta. Respecto a su segunda pregunta, considero que el sorprendente nuevo marco de relaciones entre Estados Unidos y Rusia no generará tampoco grandes cambios en nuestra región. El interés principal de Rusia, verdadero triunfador en las elecciones estadounidenses, está en las zonas geográficas que corresponde a las repúblicas que antaño formaron parte de la extinta Unión Soviética, en las rutas gasíferas del sur por donde se transporta el gas hacia Europa, en establecer una red de alianzas con las repúblicas centroasiáticas, en estrechar sus lazos militares y comerciales con China, y en erosionar la capacidad operativa de la OTAN. Como potencia mundial que es, Rusia no ignora a América Latina, pero no veo que en estos momentos forme parte de sus prioridades geopolíticas.

João Flores da Cunha

Decio Machado

Artículo original en portugués:

O cenário político e econômico e os rumos da América Latina, publicado el 30 de enero de 2017.

Traducido por Rebelión

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