El mundo civilizadamente correcto

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El gobernador de Nueva York, el demócrata Andrew Cuomo, renuncia por acusaciones de haber tocado a mujeres sin permiso y se suma a una larga y aburrida lista de distracciones públicas. Los poderosos del mundo civilizado caen siempre por algún escándalo sexual o por alguna otra razón de carácter personal. Hasta ahora, ninguno ha tenido que renunciar por alguna de esas guerras que dejan cientos de miles de muertos.

Mucho menos ha tenido alguno que enfrentar una corte de justicia, razón por la cual, por ejemplo, en Estados Unidos los presidentes nunca temen dejar el poder como en algún país sujeto de acoso internacional. No necesitan perpetuarse en la presidencia ni le conviene al verdadero poder, que radica en las mega corporaciones que financian partidos políticos y dictan las leyes económicas en los congresos (las leyes morales siempre quedan a cargo de sus votantes o de sus adversarios).

No porque no haya razones para acusar a alguno de esos presidentes de crímenes de guerra, de crímenes de lesa humanidad, como las matanzas sistemáticas de indios, negros, mestizos del Sur, asiáticos del Este y del Oeste; como las bombas atómicas sobre dos ciudades; como el uso de bombas, químicos y otras armas de destrucción masiva en Corea, en Vietnam; como la destrucción de democracias y la imposición de decenas de dictaduras genocidas en América latina con el único objetivo de continuar haciendo buenos negocios; como mentir descaradamente para inventar otra guerra en Irak dejando millones de muertos para luego disculparse por “el error de inteligencia” y retirarse como un buen abuelo a pintar retratos mediocres en un lujoso rancho de Texas.

Como decía una canción popular durante la guerra de expropiación del territorio mexicano (Horace Pratt “Mira esa bandera”. Canción de una madre patriota a su hijo),

“La justicia es el lema de nuestro país

el que siempre está en lo cierto”.

Cuando en 1847 el senador Abraham Lincoln cuestionó la moral de esta guerra, el representante demócrata de Missouri, John Jamieson, le gritó desde su banca: “un patriota nunca cuestiona a su presidente, menos cuando estamos en guerra; no importa si la guerra es justa o no”.

Ninguno, ni un presidente ha temido un solo minuto la posibilidad de enfrentar un tribunal nacional; mucho menos una corte de justicia internacional. Ni siquiera cuando las matanzas ocurrieron entre blancos poderosos, como en la Guerra Civil. Hasta los caídos en desgracia fueron siempre perdonados o librados de cualquier responsabilidad legal. La Constitución mantiene un silencio cómplice ante la posibilidad de que un presidente pueda ser condenado y los expertos se entretienen discutiendo sobre el breve periodo de cinco años en que ese milagro podría ocurrir luego de consumado el crímen, incluso luego de ser removido por un impeachment. En 1977, el mismo Richard Nixon afirmó que “lo que hace un presidente nunca es ilegal” y la historia de los hechos indica que tenía razón.

Ser rico y poderoso no solo permite secuestrar las orgullosas democracias del “mundo libre” sino que, además, confiere inmunidad ante los más perfectos sistemas de justicia, siempre implacables con los de abajo.

Excepto cuando la testosterona no se desborda en los negocios o en las guerras sino en la cama equivocada.

Jorge Majfud

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