Un sondeo de opinión divulgado el pasado jueves revela que la mayoría de los brasileños se muestra optimista frente a lo que podrá ser el gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro. Nada menos que 64 por ciento de los entrevistados dicen creer que será óptimo o bueno.

Es un porcentual bastante superior al alcanzado entre los votos válidos de octubre (55 por ciento), y supera por muy largo margen lo obtenido por Bolsonaro entre todos los electores brasileños (39 por ciento). Es decir, parte sustancial de los millones y millones que no votaron por él se muestra optimista.

Más que para analistas, científicos políticos, politicólogos y sociólogos, se trata de algo que debería interesar especialmente a sicólogos.

Al fin y al cabo, ¿qué es lo que lleva esa gente a demostrar optimismo? ¿Por qué confiar en alguien tan claramente limitado, incapaz de concluir una frase mínimamente comprensible?

A no ser por su infinita capacidad de destilar odio y violencia, ¿qué de concreto y viable, al alcance de cualquier peatón, ha sido anunciado para llevar semejante número de brasileños a prever que el gobierno del furibundo capitán les traerá cosas buenas?

Quizá la respuesta esté en otro punto del mismo sondeo: 46 por ciento de los entrevistados mencionaron la salud pública como principal problema del país, seguida por el desempleo (45 por ciento), la corrupción (40 por ciento), la seguridad pública (38 por ciento) y la educación (32 por ciento).

Es decir, el escenario de un país que en los dos años del gobierno ilegítimo de Temer, nacido a raíz de un golpe institucional, se encuentra en ruinas, con un pueblo abandonado y a la procura de un mesías.

¿Cuáles son los proyectos y programas concretos, viables, anunciados hasta ahora por los que se instalarán en el poder dentro de un par de semanas? Ninguno. Pero la degradación política, social, moral, económica e institucional alcanzó tal grado que la irrupción de alguien que se proclama nuevo, pese a vivir desde hace casi tres décadas dentro del mismo sistema que ahora promete combatir, atrae a caravanas de desesperanzados.

Ese raro mesías es alguien que supo mostrarse como un cruzado en la batalla contra la corrupción.

Pues precisamente este punto –más que su ausencia total de preparación, más que sus capacidades intelectuales escandalosamente ínfimas, más que por su evidente desequilibrio emocional– podrá causarle al iracundo capitán un desgaste prematuro y contundente.

El lunes, 15 de octubre, faltando 13 días para la segunda vuelta de las elecciones, Flavio Bolsonaro, uno de los tres muy agresivos hijos del capitán, cesó a un sargento reformado de la Policía Militar de Río de Janeiro, Fabricio Queiroz, asesor especial en su despacho de diputado estatal y amigo de la familia.

El motivo: aquel lunes, un informe el Consejo de Control de Actividades Financieras, el COAF, institución dedicada a seguir con lupa todas las operaciones bancarias en el país, detectó lo que elegantemente se menciona como movimientos atípicos: con un sueldo de poco más de dos mil dólares mensuales, entre enero de 2016 y de 2017 Queiroz movió en sus cuentas bancarias alrededor de 300 mil dólares, 13 veces más que sus ingresos legales, y con dos características preocupantes.

La primera: en su cuenta había ingresos en el mismo día que los demás funcionarios del despacho del hijo de Bolsonaro cobraban sus sueldos de la asamblea estatal, un indicio claro de la práctica del peaje que ciertos políticos cobran para emplear indicaciones de aliados.

La segunda: un cheque extendido al nombre de Michelle Bolsonaro, por 24 mil reales (poco menos de seis mil dólares), había sido depositado en la cuenta de la futura primera dama.

Hubo un primer silencio estruendoso, el del mismo COAF, que advirtió Bolsonaro del escándalo pero no pasó nada a la opinión pública. En plena campaña, hubiera sido un desastre para el ultraderechista.

El otro escándalo vino después: cuando la noticia llegó a los medios de comunicación, Queiroz desapareció. Y Bolsonaro padre se limitó a decir que los 24 mil reales correspondían a un préstamo personal que había concedido al amigo de la familia, que había pasado por dificultades, y que el depósito en la cuenta de su señora esposa se debió a que él mismo ya no tenía tiempo para ir al banco.

Si en las cuentas del amigo circularon en un año casi 300 mil dólares, ¿por qué necesitó pedir seis mil al padre de su jefe?

Todo eso se supo después que el sondeo de opinión hubiera sido realizado. Y ya se sabe que mucho más vendrá a la superficie, a empezar por la quintuplicación del patrimonio declarado por Bolsonaro y su estirpe. Hay claros indicios que, además del odio a la humanidad, los tres hijos aprendieron con el padre a multiplicar no exactamente panes y peces, sino propiedades inmobiliarias.

El vicepresidente electo, general Hamilton Mourão, exigió explicaciones claras y concretas. Pero el silencio persistió.

Para Bolsonaro o para cualquiera, presentir que hay escándalos a la vuelta de la esquina quizá no sea exactamente la mejor manera de estrenar gobierno.

Eric Nepomuceno

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