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Ha pasado la euforia de la toma de protesta del nuevo presidente de Estados Unidos. Ya J. Biden habita la Casa Blanca y los parabienes de la casi totalidad de los líderes del mundo capturaron los titulares informativos del planeta. La escenografía invernal en el Capitolio, presunta sede de una democracia tambaleante, careció de masas y le sobraron soldados y vallas.

En innumerables casos, los parabienes al demócrata lanzados desde numerosas fuentes y capitales rayaron en las ilusiones por el cambio. Se adelantan, hasta con entonaciones melifluas, grandes modificaciones y beneficios múltiples para muchos ciudadanos y pueblos enteros. Las élites de los distintos países, atoradas por los malos tratos recibidos por el republicano derrotado, ya se sienten liberadas. Se regocijan y auguran una nueva y positiva era en las relaciones con Washington.

Al caído en desgracia se le carga la mano en casi todos los ambientes, diarios, caricaturas, centros de poder y análisis o sitios difusivos. Se llega hasta el desprecio a su persona y al tajante rechazo de su conocida manera –patanezca– de gobernar. D. Trump es, hoy por hoy, el lado impresentable, la contracara del nuevo Ejecutivo triunfante. El juicio de desafuero que le han iniciado en el Congreso de su nación pretende eliminarlo para siempre de la escena pública. De prosperar, le impedirían contender por cualquier cargo de elección.

¿Cuál es, entonces, el remanente en la imagen del presidente Biden? Se tiene que empezar afirmando una opuesta a la del anterior. Con esa pretensión ha llegado el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Los decretos firmados lo manifiestan de manera por demás explícita. Unos enfocados a restablecer tradicionales posturas del Washington conocido que se habían contrariado. Son aquellos tópicos que tienen alcance externo y, es preciso, multilateral: OMS, de donde se había retirado, o con el Acuerdo de París, que quiso ignorar. Este último relacionado, directamente, con el cambio climático abiertamente negado por Trump.

Otras órdenes ejecutivas intentan incidir en los puntos más polémicos de alcance interno. Esos que el magnate usó y desusó con cínica manipulación: emigración, dreamers, muro con México, supremacismo blanco, polémico oleoducto, pandemia y otros adicionales.

Pero nada se sabe, hasta ahora, de aquellos asuntos que tienen impacto serio en la conducción del sistema económico o con la globalidad. Por eso se entiende las numerosas prioridades en armamentismo, relaciones con China, la política impositiva y la muy crecida deuda. Aspectos básicos que no esperan movimientos significativos.

El pendiente, posiblemente mayor: la conocida circunstancia de las diferencias entre las clases, ya muy desbalanceadas por cierto, sobre todo después de su recrudecimiento por los efectos de la desatada pandemia. El régimen impositivo que Trump usó para su propio provecho con el pretexto de que los grandes capitales inviertan más, será un álgido punto para el estrenado demócrata.

Se tiene, por la parte de la investigación, academia y gobierno mexicanos, que explorar, con la seriedad debida, el ríspido binomio que define a la realidad estadounidense: su democracia imperial. Este será, para Biden, un horizonte que, con seguridad, no modificará. Aun pensando en el deterioro de las capacidades de su país para mantenerse como potencia y líder hegemónico. Aquí, el pasado del demócrata lo sujeta con fuerza. Siempre ha sido partidario de políticas intervencionistas y guerreras. Lo fue como congresista o durante su largo tiempo como vicepresidente de Obama.

El elemento que, con seguridad, condicionará su corto periodo presidencial, se precisa en la coalición que lo llevó al triunfo electoral. Es una multicolor conjunción de heterogeneidades. La mayoría de ellas organizadas en activos grupos socio-políticos-culturales. Ambientalistas, sindicalistas, grupos de defensa de los variados derechos humanos. Aparecieron también emigrantes y sus descendencias, gente de diversos colores de piel que se han hecho conscientes de su poder. No faltaron las clases medias asustadas con la violencia. Activos izquierdistas movilizados por Sanders. Innumerables clérigos predicadores, artistas y músicos pop progresistas y otras muchas asociaciones que matizan o condicionan sus apoyos.

Frente a esta inmensa coalición que llevó a 80 millones a votar por Biden, también se deberá colocar a los mandones de Wall Street y al mundo corporativo. Son estos personajes una fuerza, con anchas puertas revolventes, que ha maniatado a Washington y sus distintos presidentes con cadenas de múltiples conveniencias. La interrelación entre políticos, traficantes de influencias ( lobby) y negociantes de gran tamaño es inextricable. Biden caminará por esa misma senda ya muy conocida.

Luis Linares Zapata

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