Guayaquil: Las cruces sobre el agua

Después del Covid-19, ¿qué mundo nos aguarda? Conserve la izquierda: un mundo similar al que las derechas dominaban hasta el siglo pasado. Uhm, no… Ya ni sé en qué día vivo. Un mundo más desquiciante que el vigente hasta el 11 de marzo (hace fuuuu…), cuando la Organización Mundial de la Salud reconoció la pandemia global en curso.

En casi dos meses de tragedia, confinamiento y cavilaciones a granel, hemos oído de todo. Estoy hasta la coronilla del coronavirus. Si, ya sé: no hay que azuzar al tigre con la vara corta. Hoy por ti, y mañana quién sabe si un alma piadosa diga de nosotros: no era un mal tipo.

De veras. Aunque el acta del nacimiento lo desmienta, el Covid-19 nos hizo más humildes. Basta con apuntar que en dos meses de puto virus, Estados Unidos perdió más ciudadanos que en 20 años de guerra contra Vietnam. Pero ha sido Guayaquil, el mayor foco de contagio en Ecuador, espejo en el que nuestra América debería reflejarse.

Veamos el caso del joven obrero Darwin Castillo. Arriesgando su propia vida, Darwin se metió en la morgue del hospital Los Ceibos (atestada con 170 cuerpos), y se puso a hurgar corriendo el cierre de las bolsas. Sin alegría, gritó a un empleado de la morgue: ¡Este es mi papá!

A cambio de 150 dólares, el empleado le entregó el cuerpo. Espérame afuera, le dijo. Juntos, metieron la bolsa en un ataúd comprado al paso en una carpintería, y lo subieron a una camioneta. Pero al hacer los trámites en el cementerio, Darwin abrió la bolsa y en su interior encontró un hombre con bigote que no era su papá. (Afp, 17/4).

Desde la matanza de obreros del 15 de noviembre de 1922 (900 a mil muertos), perpetrada por el gobierno liberal de Luis Tamayo (1920-24), Guayaquil nunca había sufrido algo igual. La mayoría de las víctimas fueron enterradas, aún con vida, en fosas comunes. Testigo directo de la masacre, Joaquín Gallegos Lara, la contó en su novela Las cruces sobre el agua (1946).

Luego, Tamayo inició un juicio penal contra los trabajadores sobrevivientes, acusándolos de ser los supuestos responsables de la masacre. Y el 2 de abril, el diario El Universo de Guayaquil publicó un Informe reservado de inteligencia, acusando al ex presidente Rafael Correa (2007-17), de haber desencadenado una campaña de desinformación, con el afán de crear el caos político (sic).

Teledirigida por la embajada de Washington en Quito, la Corte Nacional de Justicia sentenció a Correa por corrupción. Ocho años de prisión. Así, el presidente Lenín Moreno convalidó su fama como gran Premio Anual de la Casa de la Risa de Francia (2014). V. gr. ¿Por qué la niña sin brazos no se puede peinar? Porque el cáncer la dejó sin pelo. No más ejemplos. Saque usted sus conclusiones (https://www.youtube.com/watch?v=4Ruvf4qLV4o).

Horror, complicidad, desidia, paroxismo y desmesura, diría el pintor Oswaldo Guayasamín. Pues si bien Moreno reconoció que los registros oficiales se quedaban cortos con el número de contagios y fallecidos, omitió que el correismo había dejado 13 hospitales en construcción, ocho adicionales en proceso de construcción, 61 nuevos centros de salud, y 34 más en construcción.

Moreno nada dijo que habiendo él integrado el gobierno de Correa, se había aumentado la cantidad de profesionales en salud de 9 a 20, por cada mil habitantes. Incrementándose el número de horas de trabajo de dichos profesionales de cuatro a ocho horas. O que para 2016 se realizaron 41 millones de atenciones de salud, con inversión total de 16 mil 188 millones de dólares, en 10 años de gobierno.

En el portal trosquista Sin Permiso (3/5), el economista Alberto Acosta (feroz enemigo de Correa), apuntó: “De los 353 millones presupuestados en el Plan de Salud de 2017, se pasó a 302 millones en 2018 y a 186 millones en 2019; una caída que se agrava por la incapacidad de ejecutar el monto del presupuesto asignado […] lo que se reflejó con una inversión real de 241 millones en 2017, 175 millones en 2018 y 110 millones en 2019”.

Añade: Esta reducción en el marco de la austeridad fondomonetarista, afectó gravemente la disponibilidad de los insumos de salud, la construcción de infraestructura hospitalaria, incluso la existencia de personal médico, que fue despedido masivamente en 2019; se estima que habría sido unas 3 mil personas las separadas. Incluso a los internos rotativos de los hospitales públicos se les redujo su salario en casi 30 por ciento (de 591 a 394 dólares).

Con todo, la muerte no ha dicho la última palabra en Guayaquil. En el hospital Teodoro Maldonado Carbo, una señora se recuperó del mal. Y como a la salida del hospital nadie la esperaba, subió a un bus y se fue a casa. Llegando, la señora preguntó a quién estaba velando la familia. La habían declarado muerta por error. Pero sus nietos, angelitos al fin, saltaron de alegría. ¡Abuelita! ¡Abuelita! ¡Regresaste!

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