Los científicos y los políticos deben continuar desafiando las acciones del presidente y tratar de mantenerlo a raya, dice de forma inusual la revista Nature en su editorial del pasado viernes, al cumplirse el primer año de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. La publicación inglesa señala que cuando ganó las elecciones el empresario, la revista trató de verle el lado bueno, sugiriendo que Trump podría abandonar sus actitudes dañinas e impopulares y abrazar la realidad, la racionalidad y la evidencia. Qué equivocados estábamos de ser optimistas, lamenta.

¿Por qué una publicación científica que no es estadunidense arremete con tal vehemencia contra el presidente de una de las mayores potencias científicas del planeta? La respuesta es que las acciones del mandatario en contra del conocimiento afectan no sólo a los científicos del otro lado de nuestra frontera, sino a la ciencia en su dimensión mundial. Es por eso que la evaluación que hace Nature de los primeros 12 meses de Trump al frente del gobierno de Estados Unidos cobra particular relieve.

Los señalamientos son muy duros: Después de 12 meses en el cargo, los efectos de Trump en la ciencia han sido tan malos como se temía; entre las acciones del presidente destacan la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre cambio climático; revertir las regulaciones establecidas durante el gobierno de Barack Obama para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero por parte de organismos gubernamentales, como la Agencia de Protección ambiental (EPA, siglas en inglés); haber cortado los fondos a organizaciones en el exterior que fomentan la salud pública, pero mencionan el aborto, y (ojo) censura a las agencias gubernamentales en el empleo de términos como cambio climático y basados en evidencia. Otros ejemplos son los detalles completos, escalofriantes, caóticos y perturbadores –sostiene la revista– de la prohibición a los musulmanes de viajar a Estados Unidos, cuyos efectos superaron todas las expectativas: Las organizaciones científicas hicieron fila para quejarse de la posible pérdida de talento, agrega el editorial.

Un tema particularmente sensible tiene que ver con la visión científica para abordar los problemas nacionales. Trump ha roto el récord impuesto por el presidente Bush en el retraso para nombrar a un asesor científico, ha disuelto diversos grupos asesores (incluido uno sobre VIH/sida) y ha prohibido a los científicos con subvenciones de la EPA participar en las juntas asesoras de esta agencia.

Al respecto, otra muy importante publicación, la revista Science, ésta sí editada en Estados Unidos por la American Association for the Advancement of Science, publicó el 18 de enero un artículo de Jeffrey BrainardJan; en él se dice que desde que Donald Trump asumió el cargo, los paneles de expertos que brindan asesoramiento científico a las principales agencias federales han tenido menos miembros y se han reunido con menos frecuencia que en cualquier momento desde 1997, cuando el gobierno comenzó a rastrear dichos números.

Citando a Andrew Rosenberg, director del Centro para Ciencia y Democracia de la Unión de Científicos Preocupados (UCS), con sede en Cambridge, Massachusetts –organismo que dio a conocer recientemente un informe sobre este tema–, hay en el país vecino alrededor de 200 paneles científicos en todo el gobierno federal que asesoran a las agencias sobre una amplia gama de tópicos, como la protección del medio ambiente, el desarrollo de medicamentos o la innovación energética, y ayudan a determinar prioridades para los programas de investigación. Sus miembros sirven voluntariamente sin fines de lucro y generalmente provienen de la academia o la industria. El gran problema, de acuerdo con la UCS, es que “el descuido del asesoramiento científico independiente pone en grave peligro a la nación (…), pues es crucial para la capacidad del gobierno federal de tomar decisiones informadas sobre asuntos que tienen enormes consecuencias para la salud y la seguridad pública”.

Como vemos, en su primer año de presidente, Donald Trump sale reprobado en materia de ciencia y tecnología por la comunidad científica internacional.

Pero, ¿qué pasa con México? Las opiniones más recientes que he escuchado de personas muy autorizadas para tratar el tema de la relación científica entre México y Estados Unidos –como el doctor Enrique Cabrero, director del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología– muestran que esta relación hasta ahora no se ha visto afectada pues, como hemos observado, las instituciones científicas de aquella nación tienen una visión mucho muy alejada de lo que piensa el presidente de su país.

Javier Flores

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