La coyuntura mundial de crisis estructural del capitalismo, ha condicionado y determinado en gran medida la campaña presidencial y la elección de Donald Trump en los EE.UU. Contra la mayoría de los pronósticos, el candidato duro de la derecha norteamericana se impuso, en gran medida gracias a un discurso fuertemente nacionalista y proteccionista, que en la situación actual de la economía, es el tipo de discurso que gran parte de la población quiere oír, incluyendo a la propia clase trabajadora.

La situación que potencia esa línea discursiva es el profundo deterioro de la situación laboral y de las condiciones de vida de las inmensas mayorías sociales, causadas por las políticas neoliberales implementadas en las últimas décadas.

El libre comercio que ha desplazado la explotación laboral desde los EE.UU. hacia los países de gigantescos mercados laborales y bajos salarios, como China, India o Indonesia, el progresivo desmantelamiento de los sistemas de protección social, el encarecimiento del costo de vida y el estancamiento de los salarios, la competencia empresarial y la sustitución del trabajo humano por la automatización extrema de los procesos productivos. La consecuente precarización integral de los empleos y de la existencia de millones de personas, han desinflado la demanda y el consumo de bienes y servicios, elementos esenciales para una recuperación económica de una economía capitalista.

Las perspectivas laborales de los estadounidenses, así como las del resto del mundo, no son nada estimulantes. El libre comercio, la competencia de los países emergentes y las revoluciones tecnológicas son un cóctel explosivo para la clase trabajadora y el capital norteamericanos.

Por un lado, la competencia china y de otros países de menores costos de producción, han generado importantes déficits comerciales para los EE.UU., lo que ha significado en ese país, según Silva y Lara en Límites y contradicciones de las propuestas comerciales de Trump, la pérdida de cinco millones de empleos industriales entre el 2000 y el 2014; por el otro, la incesante competencia y su consecuente revolución tecnológica permanente, que incluye el acelerado desarrollo de la robótica, nanotecnología, biotecnología, la inteligencia artificial y las Tics, avanza expulsando a trabajadores y trabajadoras de las esferas productivas, tanto en la agricultura, la industria y en los servicios. Un informe del 2016 elaborado por el Foro Económico Mundial de Davos, señalaba que esta enorme convergencia tecnológica generaría para el 2020, la pérdida de otros cinco millones de empleos a nivel mundial, como recogió Riveiro en el texto Cuarta revolución industrial, tecnologías e impactos.

La propuesta proteccionista de Trump, defendiendo los empleos dentro de los EE.UU. y la recuperación de los salarios, a partir de una guerra comercial con sus principales competidores, que incluiría establecimiento de aranceles, devaluaciones o incluso en una hipotética situación extrema, conflictos militares, carece de posibilidades reales de éxito en el largo plazo, a pesar de haber generado una gran expectativa en los millones de norteamericanos que la apoyaron, pues obvia las condiciones estructurales que ocasionaron las pérdidas de empleos y salarios, y han sido responsables de la larga crisis económica desatada en el 2008 en la propia economía estadounidense.

Más allá del libre comercio, son el libre mercado y la competencia capitalista por la acumulación de capital, la mano invisible y la destrucción creativa, el aumento del capital constante desplazando al trabajo, además del consumismo exacerbado como marco cultural, los factores fundamentales del empobrecimiento y la inseguridad creciente de las masas trabajadoras, tanto en el país ahora gobernado por Trump como en la mayor parte del mundo.

Sin embargo, Trump antes que presidente fue y sigue siendo empresario, inversionista, especulador, en suma, capitalista, de igual manera que muchos otros de sus colegas en América Latina, como Horacio Cartes en Paraguay, Mauricio Macri en Argentina y Juan Manuel Santos en Colombia. Antes que la situación laboral y salarial en sus países, lo que les ha preocupado y ocupado, ha sido obtener las mayores ganancias posibles en sus diversos ámbitos de operación, el incremento incesante de su capital y patrimonio.

Y todos ellos lo seguirán haciendo, a pesar de ser presidentes, o más bien, ahora lo harán a mayor escala gracias a su nueva función, que les otorga información e influencias privilegiadas. Claramente es el caso de Cartes en Paraguay, cuyo grupo empresarial ha crecido enormemente en tierras, capital y empresas desde que el mismo asumió la presidencia en el 2013. Y posiblemente sea el caso de Donald Trump, quien en unos años se retirará triste por no haber podido conjurar la crisis de la economía norteamericana, y tendrá que consolarse con sus ensanchadas cuentas bancarias, sus negocios en curso, sus extendidos bienes raíces, brindando con sus viejos y nuevos socios, sus compañeros de clase.

Luis Rojas Villagra

Luis Rojas Villagra: Científico social paraguayo, integrante del GT Crisis y Economía Mundial, BASE Investigaciones Sociales.

Nota del Editor: Este trabajo fue originalmente publicado en la edición Nº 4 del Boletín “Nuestra América XXI – Desafíos y alternativas”, del Grupo de Trabajo Crisis y economía mundial de CLACSO, coordinado por María Josefina Morales y Gabriela Roffinelli.

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