En sus primeros quince días de administración, el presidente Trump ha mostrado el mismo talante que caracterizó su discurso electoral, que habiendo tocado el hígado de la población blanca de clase media, le llevó al triunfo electoral de manera por demás inesperada. En el mismo lapso se han registrado ya las limitaciones reales que el discurso ramplón provocan, comenzando por la magnitud de las manifestaciones de rechazo de parte importante de la población norteamericana, encabezada por la insurgencia femenil, pero secundada por otros sectores de la población y por agentes políticos de peso, como son algunos gobernadores y alcaldes, así como de jueces que rechazan la forma arbitraria e ilegal con que actúa el ocupante de la Casa Blanca. También en lo internacional han comenzado a mostrarse las resistencias, Europa y China en primera instancia, con expresiones de franca oposición al magnate devenido en gobernante; incluso México ha recibido expresiones de solidaridad ante sus agresiones directas.

Pero hay otros limitantes que la realidad obliga a ser consideradas. Trump no puede llevar a efecto sus baladronadas sin medir que su belicosidad puede merecer respuestas que lo coloquen ante la inminencia del conflicto armado, respecto del cual, y no obstante contar con la mayor capacidad bélica del mundo, su eficacia sería nula ante un conglomerado de adversarios tanto de gobiernos como de pueblos; el recuerdo de Viet Nam, de Afganistán y de Irak le muestra que sus fuerzas se empantanan, pero que el grado de destrucción que por ambas partes se generaría dejarían a Estados Unidos en condición de minusválido. De suerte que Trump tendrá que medir sus palabras y sus actitudes de enfrentamiento.

Para el caso mexicano el asunto es más simple: la aplicación de los postulados trumpistas provocaría un serio problema de inestabilidad en el país con riesgo de franco rompimiento, más grave aún si se mide que allá están radicados cerca de treinta millones de mexicanos amenazados. Lo último que puede convenir a un imperio en vías de recomposición, como el pretendido, es registrar un incendio en el patio trasero susceptible de extenderse continentalmente; y el riesgo es real. Este es un factor que pronto se irá haciendo patente en el imaginario colectivo yanqui y, particularmente, en el entorno de Washington. Es una limitación que los negociadores mexicanos tendrían que incluir en su portafolio para sus tratos con el imperio.

Si el patriotismo y la inteligencia de nuestra vieja diplomacia reviviera sabría cómo, siendo un pequeño ratón, puede burlarse del gato. Quiero recordar conversaciones con el gran mexicano que fue Antonio Carrillo Flores, quien hacía alusión a la forma en que el entonces presidente Adolfo Ruiz Cortínez jugaba las cartas con Eisenhower, frecuentemente dado a presionar a México por motivos de su poca solidaridad en posturas de política internacional; comentaba Don Antonio que si aquel presionaba, por ejemplo mediante la restricción a las ventas de tomate mexicano a los Estados Unidos, Don Adolfo soltaba un poco las riendas del control político a movimientos de corte comunista, incluso los inventaba, para advertir que se le podían salir de control si la política norteamericana afectaba a sectores de la población; ante el riesgo el triunfador de la II Guerra Mundial, daba elegante marcha atrás en sus afanes impositivos y el gato cargaba su cascabel colocado por el ratón. Los taurinos también saben que en la fuerza y la violencia del toro radica la posibilidad de triunfo del torero.

Anécdota aparte, el asunto viene al caso porque bien puede ser la carta en la manga de los negociadores para convertir en conveniencia la actitud amenazante de Trump, siempre que se conduzca conforme a los intereses nacionales. Que si Trump quiere romper con el TLC, pues adelante, pero no aceptar una renegociación mendigante que nos someta en grado aún mayor. Que te aprieto con la repatriación de migrantes, te respondo con el planteamiento de una mora en el pago de la deuda, capaz de provocar una crisis financiera internacional incontrolable, siempre en perjuicio del imperio. Son estos sólo algunos ejemplos de lo que, apegados a principios y valores tradicionales, puede lograr una diplomacia verdaderamente aplicada al beneficio de lo mexicano. ¿Por qué no?

Gerardo Fernández Casanova

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