Murió una época y nació otra

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El coronavirus dio un mazazo definitivo a una época moribunda que se aferraba a valores caducados (en buena parte del mundo) y aceleró el nacimiento de una Nueva Era que ya ha empezado a mostrar fuertes señales y avisos, y que está moldeando a gran velocidad una conciencia universal sin precedentes en la historia de la humanidad.

“Ya es irrelevante” si el virus salió de un murciélago, se escapó de un laboratorio o si fue un castigo de Dios, como afirman católicos y musulmanes. Se ha impuesto la palpable y abrumadora realidad de que “el bichito” contribuyó, cual arma biológica devastadora, al derrumbe de los pilares que sostenían la decadente civilización occidental.

Este proceso, el cambio de época, que se venía anunciando desde hace décadas, está jalonado de momentos históricos, como el asesinato de George Floyd, en mayo de 2020, hecho que supuso un despertar de las conciencias a nivel global y que provocó la implosión de la democracia estadounidense. De la noche a la mañana se levantó el telón, se hizo trizas “el sueño americano” y quedaron al descubierto (y a la vista de todo el mundo) las miserias y las lacras de la nación más poderosa de la tierra.

La pérdida del control de las imágenes

El derrumbe de la Vieja Era está marcado, entre otras cosas, por “la pérdida del control de las imágenes” (creadoras de corrientes de pensamiento) por parte de las grandes potencias. Tras la espantosa escena de la niña del napalm, Kim Phùc (Vietnam 1972), EEUU y otras potencias “se impusieron el monopolio férreo de filmaciones o fotografías” que pudieran movilizar a los pueblos “contra sus gobernantes” o sistemas políticos que sobreviven gracias a la mentira y a la manipulación.

Debido a las nuevas tecnologías, que tienen un lado bueno y otro perverso, la gente “se ha hecho dueña de la calle” y en unos segundos puede hacer circular por todo el planeta imágenes de crímenes (que antes pasaban casi desapercibidos) y que no dejan de mostrarnos el lado podrido de un mundo en avanzado estado de descomposición.

La caída de los ídolos

Otro efecto de este cambio radical es “la caída de los ídolos”, fenómeno que se reproduce en “una amplia región del mundo” donde se respira cierto grado de libertad.

El derribo de la estatua del marqués de Comillas en Barcelona (hombre que amasó una inmensa fortuna con el comercio humano), los ataques sufridos contra efigies de Cristóbal Colón, de presidentes estadounidenses que explotaron o maltrataron a esclavos negros, de reyes y nobles que festejaron sus vidas con diamantes de sangre, son sólo pequeñas muestras del derrumbe, por efecto dominó, de símbolos que son el paradigma de la ambición, avaricia y, por ende, de la denigración de la especie humana.

El capitalismo se expande y se hace más fuerte

Mientras el pueblo llano toma conciencia de que es necesario rebelarse contra tanta vejación, cierta izquierda sigue anunciando (por ceguera, inocencia o connivencia con ciertos regímenes) “la muerte del capitalismo”. Eso es, simplemente, una memez. El capitalismo se está fortaleciendo como nunca “con esta crisis de cambio de época” y el relevo lo están tomando, paradójicamente, algunos países que eran comunistas.

Frente al viejo capitalismo de EEUU, Europa y sus zonas de influencia, se alzan, como gigantes sin techo, China, cuya capital, Pekín, alberga el mayor número de milmillonarios del mundo, y Rusia que, aunque apoya de boquilla “a los países socialistas”, se ha aliado “con su socio estratégico” para disputar la gran tarta del dinero, amasada desde abajo “por los nadies”, a “los desgastados occidentales”.

Los expertos saben que Hong Kong influyó decisivamente en China a la hora de finiquitar la economía de mercado socialista y que los Ali Babá y Cia del gigante asiático sólo tienen problemas si chocan con los intereses de la cúpula del Partido Comunista Chino (actualmente cuenta con 92 millones de militantes) y del Ejército Popular de Liberación (EPL), cuna de muchas fortunas del país que fundó Mao Zedong, en 1949.

La era del robot y la inteligencia artificial

El coronavirus dio un mazazo definitivo a una época moribunda que se aferraba a valores caducados (en buena parte del mundo) y aceleró el nacimiento de una Nueva Era que ya ha empezado a mostrar fuertes señales y avisos, y que está moldeando a gran velocidad una conciencia universal sin precedentes en la historia de la humanidad.

Junto a lo anterior y, como si viviéramos en un mundo paralelo, tanto los Hunos como los Otros, aceleran a la velocidad de la luz la consolidación de la Era digital, del Big Data, de la Inteligencia Artificial y la Vigilancia Masiva de los ciudadanos, por cuestiones de seguridad. Se nos regala “el control de la imagen”, como el reconocimiento del derecho al pataleo y, por otra parte, se nos prepara para que aceptemos la nueva realidad que parece una calcomanía de la sociedad distópica de Orwell 1984.

En el terreno laboral se avecina una criba sin precedentes entre “los informatizados que aceptan el encierro en nichos virtuales” y “los bárbaros” que tendrán que seguir simplemente, bajando la cerviz, al ritmo de la ley de la oferta y la demanda. Se extenderá también una renta básica universal para que el pueblo, la mayor fuerza de cambio, satisfaga sus necesidades básicas, aunque sea precariamente, y no provoque una revolución global de consecuencias imprevisibles.

La nueva versión del hongo atómico del capitalismo ha absorbido también las reivindicaciones ecologistas de la izquierda verde, y ya saltan chispas en las fábricas que inundarán los mercados de vehículos que limpiarán la atmósfera, casas con jardines en los tejados y robots que te masturbarán con pepinos y dónuts sin gluten. Esa mutación volverá a forrar a los cerdos que se alimentan de las apasionadas demandas de los inocentes. Al final habrá que elegir entre el hielo y el fuego.

En conclusión, saldremos de la pandemia con nuestras libertades recortadas y encadenamos, como siempre, al adagio del “burro, la noria, el palo y la zanahoria”. La pregunta es: ¿se rebelará la humanidad contra esa alienación o se adaptará a los cambios por la sinrazón de la resignación?

Javier Cortines

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