Pandemia y pandemónium

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El coronavirus (Covid-19) se ha convertido en la ansiedad cotidiana de… ¿cuántas personas en el mundo? Un microorganismo que en menos de 15 días frenó drásticamente todo, poniendo a doblar las campanas del orbe entero.

Apenas hasta ayer, alentábamos a las mujeres que daban cuenta del injusto desorden que vivimos, esperábamos que Donald Trump se aguantara de lanzar la guerra nuclear limitada, anhelábamos que el próximo tsunami y el irreversible cambio climático fuera menos destructivo que los padecidos, y que el meteorito, que según dicen se aproxima peligrosamente a la Tierra, desviara su camino.

Pero no. El Covid-19 resultó un virus bien terrestre. Y en pocos días empezó a matar a miles, infectando a cientos de miles, y obligando a millones a incurrir en onicofagia, que es el feo hábito de comerse las uñas. Un virus que vive pero no vive porque no está formado por células, y que fue manipulado por científicos poco interesados en ponderar las palabras de Francois Rabelais en Gargantúa y PantagruelCiencia sin conciencia es ruina del alma (1534).

¿Sonó la hora de reflexionar sin parámetros ortodoxos? En todo caso, la ocasión pinta ideal para evocar a John Milton cuando en El Paraíso perdido (1667), y urgido de una voz que nombrase la capital del infierno, inventó el vocablo pandemónium (o reunión de demonios), palabra que el poeta usó para ilustrar la lucha del pueblo elegido… contra los restantes. Y que la Real Academia define como lugar en el que hay gran confusión, excitación, enojo, ruido, griterío.

Siglo y medio después, decepcionada frente al curso que en Francia excluía a las mujeres de la Gran Revolución, Mary Shelley publicó El último hombre (1826), una novela futurista que la autora de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), situó en 2070, cuando una misteriosa pandemia arrasa países enteros, poniendo en peligro la supervivencia de la humanidad.

En ambos libros, Mary cuestiónó, metafóricamente, los delirios de la ciencia sin conciencia y las consecuencias del romanticismo, con su idealismo político excesivo. Idealismo y delirios privativos de los hombres, y que siguió creciendo como una suerte de virus bicéfalo. Hasta que el 16 de julio de 1945, en el desierto de Alamogordo (Nuevo México), tomó forma de hongo nuclear. El padre de la bomba atómica, Robert Oppenheimer, no era poeta. Pero aquel día, estremecido, recitó un fragmento del Bhagavad-gita: Yo soy la muerte / el fin de todos los tiempos.

Después de la bomba y el exterminio de los nazis, las potencias se comprometieron a vivir en un mundo mejor, redactando fantásticos acuerdos de paz, cooperación, fraternidad universal, la mar en coche. Compromisos que a la postre resultaron fantasiosos, pues todas anhelaban tener una, dos, tres, cientos, o las necesarias para garantizar la paz.

Fueron más o menos 20 años de ingenuo y sano optimismo (1945-65). Mientras, Estados Unidos y un enclave neocolonial diseñado a medida para lavar la complicidad de Occidente en el exterminio nazi, Israel, redoblaban el delirio de sentirse pueblo elegido… frente a los restantes. Y entonces, todas las pandemias (sanitarias, económicas, políticas, culturales) se convirtieron en pandemónium.

¿Cómo situarnos frente a ellas? Poco antes de la nunca aclarada caída de las Torres Gemelas, en febrero de 2001, la politóloga estadounidense Susan George publicó, a modo de parodia, el inquietante Informe Lugano. Allí, la autora imagina un gobierno mundial en las sombras. Conclusión similar (aunque esta vez en serio), a la que solapadamente aparece en varias definiciones del Diccionario del siglo XXI, publicado en 1999 por el economista y socialdemócrata francoargelino Jacques Attali, primer presidente del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

Supongo que George y Attali conocen al insigne filósofo italiano Giorgio Agamben, quien el 26 de febrero, con su artículo La invención de una pandemia (sic) hizo llorar, posiblemente, a varios lectores de su país, que conectados a respiradores artificiales y en estado terminal, se despedían de sus seres queridos con tablets. ¿Les habrá pedido perdón? Quién sabe. Los grandes intelectuales (y en particular los que una y otra vez repiten en mi modesta opinión) suelen ser omnipotentes.

Qué curioso. Esta vez, en medio del pandemónium disparado por la pandemia, el hipercitado Noam Chomsky no ha sido muy citado. ¿Será porque el maestro, cautelosamente, se limitó a declarar que la emergencia es prueba del fracaso del neoliberalismo, y negó una intención política en la propagación del coronavirus?

Me niego a conjeturar nada. Prefiero, en cambio, subrayar una frase del Eclesiastés: No hay fin de hacer muchos libros; y el mucho estudio es fatiga de la carne.

José Steinsleger

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