Por Qué la Espera de Cuba Por UN Salvador Demócrata es un Error de Cálculo Meliano

Cuba finalmente ha comenzado a respirar de nuevo después de que un esperado envío de crudo ruso rompiera el severo bloqueo energético de la administración Trump, entregando aproximadamente 100.000 toneladas métricas de combustible que ha comenzado a aliviar los apagones paralizantes y a restaurar un frágil sentido de vida cotidiana en la isla asediada. Sin embargo, este fugaz regreso a algo parecido a la normalidad conlleva su propio peligro oculto, pues el propio alivio que ahora experimentan los cubanos amenaza con adormecer a la dirigencia en la misma fatal complacencia que ha caracterizado durante mucho tiempo el pensamiento estratégico de La Habana, convenciéndoles de que esperar en lugar de actuar sigue siendo una opción viable justo en el momento en que la ventana para decisiones decisivas se cierra rápidamente.

Mientras tanto, en las dos últimas semanas, la administración Trump ha acelerado sus amenazas verbales y militares contra Cuba. El presidente Donald Trump declaró que, tras concluir la guerra entre Estados Unidos e Israel con Irán, Washington “podría pasar por Cuba”, mientras que el Pentágono ha intensificado la planificación de contingencia para una posible operación militar en la isla si el comandante en jefe da la orden de intervenir. El presidente cubano Miguel Díaz-Canel ha advertido que Estados Unidos no tiene “ninguna razón válida” para ningún ataque militar y que su país está preparado para defenderse.

Antes de todo esto, a finales de febrero de 2026, el presidente Donald Trump planteó la idea de una “toma amistosa” de Cuba, señalando que la isla carece de dinero, comida y combustible debido al aumento de las sanciones estadounidenses y a un bloqueo que ha debilitado al gobierno cubano hasta el punto de que podría ser posible una capitulación suave. Este comentario se hizo tras una orden ejecutiva de enero de 2026 que amenazaba con aranceles a cualquier país que suministrara petróleo a Cuba, después de que Washington lograra expulsar a Nicolás Maduro de Venezuela, quien había sido el principal patrocinador petrolero de La Habana durante décadas. El secretario de Estado Marco Rubio, un halcón cubanoamericano, está supuestamente liderando conversaciones de alto nivel con líderes cubanos, lo que indica que la administración Trump ve una oportunidad en medio de un asedio energético que ha agravado los apagones generalizados en toda la isla.

La premisa central de la estrategia de espera de Cuba es comprensible dado el deshielo de embajadas reabiertas y la relajación de las restricciones de viaje en la era Obama, pero el panorama político de Estados Unidos ha cambiado considerablemente desde entonces, sin embargo el gobierno de la isla está atascado en ese momento. Incluso un futuro presidente demócrata heredaría un hemisferio transformado por la destitución de Maduro y la institucionalización de sanciones secundarias como herramienta rutinaria de coacción, y la arquitectura de órdenes ejecutivas del secretario Rubio no es un irritante temporal que una nueva administración pueda simplemente borrar. La Ley Helms Burton obliga a cualquier presidente a un marco que requiere acción del Congreso o un cambio radical en el comportamiento cubano para levantar las sanciones de manera significativa, y ningún favorito demócrata en el ciclo de 2028 ha mostrado disposición a quemar el capital político necesario para revertir el legado de Rubio.

Además, el ala centrista del partido ha absorbido la lección de que el compromiso con gobiernos socialistas en el Caribe es tóxico electoralmente, por lo que Cuba está esencialmente esperando a un salvador político que no tenga ninguna razón interna convincente para salvarlos y todas las razones para mantener la máxima presión. El efecto acumulativo plantea una cuestión estratégica para La Habana sobre si su aparente disposición a esperar a que una administración demócrata regrese a la Casa Blanca y revierta el rumbo es un error catastrófico que recuerda la antigua tragedia del Diálogo Melian, donde una potencia más débil confió en aliados lejanos y en el cambio político solo para ser aniquilada por un adversario más fuerte que se negó a esperar.

La cita más famosa del Diálogo Melian en la ‘Historia de la Guerra del Peloponeso’ de Tucídides fue que “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Esta frase representa el ultimátum ateniense a los neutrales melianos en 416 a.C., encarnando un principio fundamental de realismo político. El Diálogo Melian puede servir como paralelo histórico porque los melianos confiaban en que los distantes espartanos acudirían en su ayuda y que los vientos políticos en Atenas cambiarían, solo para descubrir que los fuertes hacen lo que pueden mientras los débiles sufren lo que deben. Para Cuba en 2026, la dependencia de una futura administración demócrata es una confusión similar entre esperanza y influencia, y Estados Unidos ha señalado con sus acciones, incluyendo la captura de un líder extranjero en suelo extranjero y la instrumentalización de aranceles secundarios, que ya no respeta las reglas tradicionales de la contención diplomática. Esperar unas elecciones que aún están a dos años no es una estrategia sino una oración, y la lección melian es que las oraciones solo se responden cuando la potencia más fuerte le conviene responderlas, no cuando la potencia más débil las necesita.

Este patrón de vacilación no es nuevo en la gran estrategia cubana, porque La Habana ha perseguido consistentemente medias tintas con Rusia y China, aceptando envíos esporádicos de petróleo mientras se nega a conceder a Moscú o Pekín el tipo de activos estratégicos permanentes que darían a esas grandes potencias un interés directo en la supervivencia de la isla. El resultado ha sido lo peor de ambos mundos, con Cuba habiendo hecho justo el compromiso suficiente para provocar una hostilidad estadounidense aumentada, pero no lo suficiente para asegurar la protección aliada o el comercio e inversión consolidados que harían que Washington lo pensara dos veces antes de apretar la soga. La isla necesita hasta cien mil barriles de petróleo diarios, pero los ocasionales petroleros rusos y los modestos envíos chinos de paneles solares son totalmente insuficientes para llenar el vacío dejado por la pérdida de suministros venezolanos, y esta insuficiencia se debe directamente a la negativa de Cuba a ofrecer concesiones económicas y militares profundas.

Lo que hizo que este error de cálculo fuera tan peligroso es que el tiempo no está del lado de Cuba, porque el asedio energético está produciendo efectos humanitarios en cascada que se aceleran en lugar de estabilizarse, con hospitales posponiendo decenas de miles de cirugías y la red eléctrica dejando la capital sin cobertura hasta quince horas al día. En este contexto, esperar dos, tres o cuatro años a una posible administración demócrata es una apuesta que asume no solo que el Estado cubano puede aguantar tanto tiempo, sino que los demócratas serán tan benevolentes como La Habana espera.

El Diálogo Melian enseña que los fuertes no se mueven por apelaciones a la justicia ni por la aprobación de ciclos electorales, sino solo por amenazas creíbles y compromisos irreversibles que cambian el cálculo del riesgo. Cuba no ha logrado producir ninguno de los dos, porque su liderazgo no ha estado dispuesto a hacer concesiones audaces a Rusia o China que convertirían el Caribe de un lago americano en un espacio disputado, ni ha estado dispuesto a hacer concesiones audaces a una futura administración estadounidense que requerirían una reestructuración fundamental del estado de partido único. La retórica de Trump sobre la “toma amistosa del poder” debe leerse no como una fanfarronería ociosa, sino como un diagnóstico calculado de cómo Washington percibe el equilibrio actual de poder. Estados Unidos cree que Cuba ya está lo suficientemente rota como para ser absorbida sin luchar, y cada día que La Habana pasa esperando a un mesías demócrata es un día que confirma la confianza estadounidense. El error de cálculo no es qué partido ganará las próximas elecciones, sino la naturaleza misma del poder, que es que los fuertes no esperan permiso y los débiles pierden la capacidad de elegir su destino cuanto más tiempo se retrasen.

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Miguel Santos García es un escritor y analista político puertorriqueño que escribe principalmente sobre la geopolítica de los conflictos neocoloniales y las guerras híbridas en el contexto de la cuarta revolución industrial, la nueva guerra fría en curso y la transición hacia la multipolaridad. Visite su blog.

Es investigador asociado del Centro de Investigación sobre la Globalización (CRG).

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