Hay quien sigue pensando en musarañas. Se creen a salvo. Dicen tener escudos hercúleos en una democracia que de ella misma tiene poco y rancio, lamentablemente. Una vez profanada –y la han estado violado en rebaño– sirve de pretexto y continúan violentándola.

“Nos encontramos en una situación muy seria, no solo para nosotros, sino para la democracia en nuestro país”. Así dijo el liberal cristiano Markus Söder, un hombre de derechas (CSU) al comprobar las tendencias inclinadas a que su partido pierda mayoría en el lander bávaro. El peligro no “viene del este”, como se solía decir, en una estrategia remozada ahora con pinceladas de equívoca virtud.

Es Alternativa para Alemania (AfD), ultraderecha petulante, la que anda cerca de quitarles el cetro o, cuando menos, continuar haciéndole nuevas grietas a la muralla donde se parapetan los conservadores. Hace 5 años, esos extremistas, eran un grupo de apariencia casi insignificante, pero en la actualidad tienen asiento en los parlamentos de 16 estados federados.

La alarma aumenta a partir de hechos como las desorejadas manifestaciones en Shemitz, donde a semejanza de actos similares en otros países, se toma un pretexto para desatar demonios mal escondidos. Durante esa peripecia xenófoba alemana, tuvieron lucido escenario público los neonazis, nada cohibidos de enarbolar símbolos y consignas fascistas. Por mayoría, casi todas las informaciones sobre aquellos sucesos ocurridos en este septiembre, los asocian con el aumento de las divergencias al interior del gobierno federal.

Horst Seehofer, presidente de la CSU y ministro del Interior en Alemania, no se priva de criticar la política migratoria de Ángela Merkel, no ideal, pero sí más razonable que la de otros gobernantes europeos. Seehofer tiene una visión muy estrecha de la situación y problemáticas del presente. Alega que “la inmigración es la madre de todos los problemas” en su país y la misma ceguera padece cuando considera adecuado inclinar a su partido hacia mayores intransigencias. Por eso le dio su apoyo al jefe de los servicios secretos internos (Hans-Georg Maassen) quien contradijo a la Canciller, asegurando que no hubo persecución de inmigrantes en Shemitz, pese a pruebas documentales de lo sucedido.

Este fuego cruzado pone en entredicho a la actual coalición germana pues los socialdemócratas piden acciones drásticas para cortarle la cola a la bestia rediviva. En puridad, estos transcursos no se limitan a la apertura de un viejo mal. En todo caso, es el re-estreno de ideologías nunca extinguidas, pero autorizadas en el circuito político corriente hasta en condición de igualdad con los partidos tradicionales, facilitando la existencia de formaciones recalcitrantes y la permanencia –incluso en altos cargos– de personajes capaces de destruir o falsear registros oficiales.

Demasiado obvio y no tan lejana, la eliminación de legajos incriminatorios del grupo Clandestinidad Nacionalsocialista (CNS), grupo de extrema derecha que entre 1998 y finales del 2011, asesinó a varios emigrantes radicados en Alemania. Hasta donde se hizo público, los ultimados fueron ocho turcos y un griego, aparte de una mujer de la policía germana. Con análogos objetivos criminales, por odio a los extranjeros y torcidas creencias ideológicas, colocaron también bombas en varios sitios.

En julio recién pasado concluyó un proceso en torno al caso, plagado de estorbos durante cinco años, debido a la que se considera complicidad poco inocente de funcionarios policiacos y de la inteligencia alemanas, al parecer intentando tapar cierto contubernio con el desarticulado grupo u otras suciedades, según aparece en el resultado de las investigaciones de una comisión parlamentaria sobre los atentados. Pese a los intentos de culpar a sectores delincuenciales foráneos lo registrado en esos 15 años, el “terrorismo de ultraderecha” no carecía de antecedentes. Por algo Ángela Merkel pidió en aquel momento la ilegalización del también neonazi Partido Nacional Democrático (NPD).

Ni ese ni otros intentos parecidos prosperaron. En enero del 2017, el Tribunal Constitucional Federal dictaminó que el NPD buscaba “objetivos anticonstitucionales”, pero como había perdido adherentes, no era necesario anularlo. Ocho meses después, Alternativa para Alemania consigue 87 escaños en el legislativo y se convierte en la tercera fuerza política alemana. Como el NPD cambió de nombre y en varias oportunidades se asoció con otros clanes derechistas, se sospecha tengan que ver con la AfD o sean su natural aliado. El programa de ambos es muy similar.

“Recuperaremos nuestro país y nuestro pueblo”, dijo Alexander Gauland, uno de los líderes de Alternativa, con fraseología similar a la de Donald Trump y como el norteamericano, asegura que representan al pueblo y sus exigencias de cambio.

¿Por qué se selecciona a individuos extremistas para comandar estados o adentrarlos en los vericuetos del poder? Precedentes existen con varios semblantes. Fue muy evidente en el Reino Unido a través de Anthony Blair quien convirtió al laborismo británico, a través de su Tercera Vía en una mala copia del conservadurismo tradicional. Gerhard Schroeder, en la propia Alemania, hizo otro tanto, con la agravante de dar pie a una división lapidaria de la socialdemocracia germana y acometer a mansalva el prontuario neoliberal, traicionando postulados por los cuales fue elegido.

Ese abandono de los intereses de la clase trabajadora –recordó el politólogo Noam Chomsky a Fabricio Rosteli, de Il Manifesto–, junto con una distribución inicua de la riqueza, acentuada por la crisis global, provocaron el disgusto, las frustraciones, los miedos que llevan al electorado a votar por los mal llamados populistas. Porque el problema no es alemán. Alrededor de diez gobiernos europeos están liderados o tienen en sus filas a organizaciones ultraderechistas. En general esas tendencias extremas continúan ascendiendo en las estructuras de mando civil o, aparentemente, ganan terreno en el arbitrio social. Pudo verse en Austria, actual presidencia rotativa de la Unión Europea, en Italia no hace tanto, o en las elecciones suecas recién concluidas.

Son fuerzas sectarias que están planeando aumentar su espacio e influjo en el Parlamento Europeo para los venideros comicios de ese órgano comunitario. Tal como van las cosas, no debe sorprender si tienen éxito. Como dijera el vice-canciller austriaco Henze-Christian Strache (FPÖ, ultraderecha) “durante trece años tuvimos la misma posición y durante trece años nos dijeron que íbamos en la dirección equivocada”. Ahora, aseguró, Europa copia cuanto ellos dijeron y hacen desde hace mucho.

Uno de los ángulos aciagos de la globalización está en la desarticulación de las trincheras que ampararon parcialmente a las sociedades capitalistas. El ocaso de la URSS permitió acentuar el desmontaje de esos amortiguadores sustituidos casi por entero con fórmulas –no solo en Europa, por supuesto- que más de una vez planearon rumbo al desastre. ¿Permisividad alucinada similar a la aplicada con el NPD alemán y sus parientes, extendida a las instituciones comunitarias o acomodo sadomasoquista?

Dicen que no hay mejor remedio para las pesadillas que despertarse.

Elsa Claro

Elsa Claro: Periodista cubana especializada en temas internacionales.

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