Retos de México ante la crisis viroeconómica y la derecha

La derecha mexicana tiene la fea costumbre de vivir de otros cual planta parásita y huérfana de ideas como la califica el Partido Morena, y en las elecciones de julio de 2018 quedó virtualmente en cueros tras una contundente victoria del Movimiento de Regeneración Nacional.

Sin embargo, por condiciones locales muy específicas, mantuvo un grupo de gobernaciones (21 de 32) que no le han servido para levantar el ánimo y menos para crear un frente político e ideológico sólido desde el cual combatir la IV Transformación, un programa de gobierno en el cual radica la filosofía de poder que aplica Andrés Manuel López Obrador.

Abrumada y aplastada por lo mucho que se hizo en menos de un año y medio para el bienestar social de las mayorías, sin aspavientos ni violencia, los rescoldos derechistas apenas si se notaron en todo ese tiempo en el tejido político nacional pues, con inteligencia y perseverancia, las nuevas fuerzas en el poder lograron hacerle tantas reformas a la Constitución que en la práctica se puede hablar de una nueva Carta Magna.

Lo que en otras épocas se hizo a sangre y fuego -en los tiempos de Hidalgo, Madero, Juárez y Zapata-, en esta ocasión se logró a fuerza de inteligencia, tenacidad, convencimiento y diálogo, aún cuando el flagelo de la violencia criminal que sobrevive como la hierba mala, opacó victorias históricas de trascendencia sobre la corrupción institucional, el despilfarro y la distribución desigual del ingreso.

En un tiempo asombrosamente corto, el gobierno de López Obrador logró rescatar empresas tan complejas y devastadas como Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad, entregadas al capital privado para convertirlas en chatarra y dejar el sector a la deriva, barrer la corrupción en ellas, y recuperar lo robado para entregarlo al pueblo en forma de programas sociales y becas.

También en ese corto tiempo, luego de numerosas modificaciones a la Constitución, se logró implementar un vasto programa de desarrollo con nuevos y revolucionarios conceptos económicos para colocar a México en el lugar que le corresponde por su potencialidad y recursos naturales sobre un camino de progreso que había perdido en sucesivas administraciones neoliberales.

López Obrador pudo declarar, como si se tratara de un decreto presidencial, el fin oficial del neoliberalismo al que México fue confinado por el conservadurismo durante 36 años.

En ese breve tiempo el gobierno de la IV Transformación pudo rescatar también el peso y convertirlo en la moneda nacional que más se apreció en menor tiempo, frente al dólar.

Lo que aparenta ser un hecho poco trascendente a ojos del neófito, la devaluación monetaria es de la mayor envergadura cuando se le relaciona con los orígenes y causas que hundieron a los signos monetarios en el mundo durante el neoliberalismo, y uno de los trofeos más valorados de un modo de producción avasallante y sometedor.

Ante tan abrumador avance de ese concepto transformativo para restablecer nexos entre la vida actual y pretérita sin los cuales toda sociedad sería un cuerpo parapléjico y vegetante, y con el aval de un reconocimiento popular sostenidamente alto, la derecha mexicana estaba como muda, demostrando flaquezas y debilidades, pero sobre todo incapacidad manifiesta de ser una contrafigura creíble y real.

Sus antecedentes entreguistas de la riqueza nacional, la larga historia de corrupción e inmoralidades desde Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) hasta Enrique Peña Nieto (2012-2018), siguen siendo su peor hándicap y ante el panorama de bienestar que abría la IV Transformación, poco o nada tenía que ofrecer.

A los 14 meses de tanta obra por el pueblo, llegó como un terremoto demoledor el SARSCoV-2, y con ese descomunal y desconocido coronavirus, también apareció la tabla de la cual aferrarse una derecha que se hundía en medio del pavor de sentirse solitaria sin público, aislada de las grandes multitudes.

La Covid-19 sacó a flote la crisis estructural del modo de producción neoliberal del cual México fue una de sus principales víctimas, y así lo alertó el propio López Obrador cuando aseguró que la crisis económica por la caída de los precios del petróleo no era responsabilidad de la pandemia, sino del fracaso del neoliberalismo.

Con la unión de ambos problemas, Covid-19 y caída de los precios del crudo, conocidos como crisis viroeconómica, el gobierno se vio en la necesidad de replantear todo lo realizado para que la situación afectara lo menos posible las líneas maestras del programa de gobierno de la IV Transformación.

Pero a la batalla contra el SARS-CoV-2, que ataca a México con particular rudeza, al extremo de registrar cifras de contagiados y muertos dolorosamente altas, aunque muy por debajo de las que se hubieran producido de no tomarse las medidas de prevención correspondientes a cada etapa, se unió una reactivación de la derecha para socavar al gobierno y hacerle más difícil el enfrentamiento a la ya muy complicada situación sanitaria y económica.

La Covid-19 unió los dispersos restos de los partidos políticos conservadores, como el imán junta trozos metálicos a un núcleo de atracción. La pandemia mostró algo que, asombrosamente, escapaba el análisis político: la carencia del conservadurismo mexicano de instrumentos o mecanismos para plantearse la posibilidad de derrotar al gobierno de López Obrador dentro de su propio sexenio de gobierno.

La Covid-19, en su enfoque más conservador, dio un nuevo impulso a sus esperanzas de revertir la atmósfera de fracaso prevaleciente, pero habría que reordenarse porque, al mismo tiempo, la pandemia demostraba que, por sí mismos, los partidos políticos, incluso los más fuertes, carecían de posibilidades reales de lograr la proeza de rehabilitar su poder e influencia de antaño.

Todo su quehacer se concentró en sobrevivir y reorganizarse. Algunos lo lograron y otros quedaron en la casi nada. En esas circunstancias con la Covid-19 y la caída de los precios del petróleo surgió la idea conjuntiva de una alianza que tomara forma en un programa de acción que, al menos en teoría, les pareció factible.

Apareció, de improviso, un documento que incluso podría hasta ser apócrifo porque muchos de sus presuntos firmantes lo han negado. Sin embargo, lo importante no es precisamente el origen del documento, ni siquiera quién ni por qué lo escribió, sino que la idea que lo preside y da pautas de intervenciones antigubernamentales, es coincidente con la apreciación de los opositores políticos del gobierno de la IV Transformación.

Durante una de sus conferencias de prensa mañaneras el presidente López Obrador dio a conocer el documento que, en una apretada síntesis, contiene la estrategia denominada Rescatemos a México, auspiciada por un Bloque Opositor Amplio (BOA, como las serpientes).

Sus objetivos serían alcanzar la mayoría de la Cámara de Diputados en 2021, reducir la presencia de Morena, ganar la mayor parte de gobiernos de los 32 estados y pugnar por la defenestración del mandatario en 2022 mediante la revocación de mandato.

Según el documento, es una estrategia en la que participarían los expresidentes Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012), y que a nivel internacional contemplaría a la prensa internacional y cabildeos en Estados Unidos para difundir que el gobierno actual pone en riesgo las inversiones estadounidenses.

En honor a la verdad, como advirtió el propio López Obrador, el texto no tiene nada de censurable y es muy adecuado a criterios obsoletos pero vigentes, de la democracia representativa. No tiene sentido que haya circulado como un anónimo.

El presidente del Partido Acción Nacional, Marko Cortés, reconoció que ha dialogado con organizaciones y diversos actores políticos para crear un frente que permita construir una nueva mayoría opositora en las elecciones de 2021 y ‘corregir el rumbo que lleva el país’, tal como señala el documento.

En conferencia de prensa Cortés recalcó: es ‘clarísima la posición de Acción Nacional, de convocar a todos aquellos que coinciden con nosotros para hacer un frente común y poderlo lograr, sólo con la fuerza de los partidos, sólo con la fuerza de la sociedad es como lo lograremos, no en la dispersión del voto’.

Existe, por otra parte, un video de difusión abierta de un llamado ‘Grupo Generativo Patria 62’ que se atribuye haber emprendido una discusión sobre cómo impulsar la oposición al gobierno de López Obrador, donde se maneja la idea de un trasvase de opiniones de una minoría rica y empresarial hacia el resto de la sociedad.

Es difícil saber la intención de la expresión ‘trasvase’, porque se admite de facto que el rechazo al gobierno es propio de un reducido grupo de ricos que no han podido influir en el resto de la sociedad. De hecho, dos convocatorias para desfilar en autos frente al Palacio Nacional el pasado mayo y ahora en junio en demanda de una renuncia de López Obrador, aglutinó a unos 600 automóviles y motos con uno o dos pasajeros, y todos vehículos de muy alta gama y cilindrada, evidencia de que se trató de una iniciativa de multimillonarios que no sumó a nadie ni tuvo el más mínimo impacto.

La cuestión radica en que, como señala Gustavo Rentería en un artículo de fondo, a la oposición mexicana le queda muy poco: viejos cascarones neoliberales como las familias Fox y Calderón en la picota pública. Está el caso del corrupto Genaro García Luna en los tribunales de Estados Unidos por montones de delitos financieros y colusión con el narcotráfico en el gobierno de Felipe Calderón, y una incredibilidad difícil de superar.

Pero estamos, como dice Rentería, en la antesala de la llamada elección intermedia del 2021: estarán en disputa 15 gubernaturas y lo más importante, 500 diputaciones federales. En este país como en otros, si se le quita al presidente la mayoría en la Cámara Baja ya no podrá mandar leyes, entre otras las de ingresos y de egresos en beneficio de sus llamadas políticas públicas.

No obstante al llamamiento, la oposición sigue fragmentada y con pocas posibilidades de éxito si la memoria histórica no se distorsiona y la sociedad es capaz de distinguir los daños derivados de la crisis viroeconómica y lo que en realidad es propio de fracasos o consecuencia de la IV Transformación.

Más que errores o fracasos del gobierno en los que se pueda cebar la oposición política, e incluso de apreciaciones de que la profunda crisis económica tiene también causas en la conducción doméstica de la depresión y de la pandemia de la Covid-19, una hipotética victoria de la derecha conservadora no sería resultado de su gestión contra el gobierno, sino de la desagradable división de sus estructuras políticas internas que le hacen mucho daño y benefician como nada a sus adversarios.

El germen de la división es peor que el coronavirus SARS-CoV-2, corroe los pulmones más que la Covid-19 y asfixia el doble o triple que la rodilla supremacista que mató a George Floyd.

Luis Manuel Arce Isaac

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