Transformar Asia y Oriente Medio en un campo de guerra: El gran juego geopolítico en Afganistán

Una tras otra, las capitales de provincia de Afganistán están cayendo. Con efecto dominó, a un ritmo impresionante, la ofensiva talibán en los últimos diez días ha hecho que 18 de ellas hayan caído en sus manos, con un peaje que cambia en manera abrumadora hora tras hora a su favor y sin la mínima señal de cambio de tendencia en el campo.

La diplomacia occidental parece estar en apuros e intenta tapar este sensacional fracaso con una “hoja de parra”: la OTAN ha convocado urgentemente una cumbre el pasado viernes por la tarde, mientras que la ONU declara que: “estamos al borde del desastre humanitario”.

Los medios de comunicación embeded no saben qué decir, teniendo en cuenta que los talibanes, desde el apodo de freedom fighters, cuando lucharon contra la Unión Soviética en defensa de los intereses de Occidente, se han convertido en el “mal absoluto” y ahora probablemente se convertirán en huéspedes incómodos, o hasta utilizados como instrumento de los nuevos planes imperiales estadounidenses en esa vasta e importante región del mundo.

La élite militar afgana del 215° Cuerpo de Armada (financiado y entrenado principalmente por EE. UU.), integrado por 20 mil hombres, ahora comandado por Sami Sadat, de 36 años, no parece poder frenar su avance, y donde en cualquier caso no tiene las capacidades militares para dislocar sus tropas y efectivos para ser utilizados en más frentes.

Cinco capitales de provincia fueron conquistadas pocas horas después de la caída de Herat y Kandahar, dos de las ciudades afganas estratégicamente más importantes para el control fáctico del poder político y militar de aquella grande (geográficamente hablando) nación asiática que es Afganistán. El Norte, un bastión tradicional anti-Talibán desde la guerra civil, y la base del actual liderazgo político evanescente, está firmemente en sus manos.

El andamio estatal construido a partir de 2001 se ha “licuado” efectivamente, los talibanes han prometido amnistía a aquellos que han “colaborado” con el ocupante y, al parecer, han invitado a los refugiados a regresar para reconstruir el País.

De hecho, Kabul está rodeada, aislada de sus principales vías de comunicación, y los “estudiantes de teología” están entonces a pocos kilómetros de lo que ahora es el último bastión vacilante del gobierno títere, encabezado por Ashraf Ghani, al que están llegando cada vez más desplazados de otras zonas del País.

Con la conquista de Ghazni, los caminos al sur de la capital fueron cortados, mientras que con la captura de Pul-e Khumi se interrumpieron los del norte y el oeste.

A estas alturas, la previsión de su caída dentro de tres meses, hipótetizada por expertos norteamericanos, parece demasiado optimista, teniendo en cuenta que las tropas estadounidenses restantes completarán su retirada (que comenzó esta primavera, junto con las fuerzas de la OTAN comprometidas en el teatro afgano) a finales de mes.

Los refuerzos estadounidenses que se enviarán, unos 3 mil hombres, serán utilizados exclusivamente para asistir al partido del personal norteamericano aún presente, y no para contrarrestar la ofensiva en curso, luego de la (muy escasa) ayuda brindada exclusivamente con la aviación y drones.

Es el nuevo Saigón de lo que parecía ser el “siglo americano” y el mayor revés de la nueva administración estadounidense en política exterior, y pese a la desestabilización de Irak y el asesinato de Saddam Hussein, cuando la agresión contra Afganistán, fue utilizada por Washington y por aquella banda de crimínales que son, por cierto, Bush, Rumsfeld, Cheney y Condoleza Rice, que le fue útil para fabricar pruebas falsas en contra de Saddam Hussein y una supuesta alianza entre este con Al-Qaeda. Como para la fabricación de armas de destrucción masiva por parte del gobierno del Partido Baath en Irak, aquí nunca se demostraron estas acusaciones, veamos cómo las relaciones entre Talibanes y Washington siempre han estado como si fueran una “pelea entre marido y esposa”, aliadas en el combatir el enemigo común, la URSS y, tal vez, supuestos enemigos cuando Estados Unidos querían liberarse de su “Frankenstein político” y ser los únicos padrones de las rutas de la droga desde Pakistán y Afganistán hacia los Balcanes.

Los talibanes quieren la salida de todas las fuerzas extranjeras – incluidos los turcos, que controlan la defensa del aeropuerto de la capital, con los que tarde o temprano se encontrarán – y del gobierno, que en las últimas horas ha declarado que está dispuesto a compartir el poder con los Talibanes, como un intento desesperado para encontrar un “alto al fuego” y salvaguardar una posición permanentemente comprometida.

Finalmente, al profundizar esta situación que se está generando, surgen dos cuestiones dolorosas y relevantes para las estadounidenses Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) y el mismo Pentágono.

La primera es que en los últimos años había más contratistas privados en Afganistán que militares regulares de Estados Unidos y la OTAN. La segunda es que la retirada de las tropas occidentales está arruinando toda una serie de costosos contratos entre el Pentágono, la CIA, etc. con contratistas privados (mercenarios) y que, por lo tanto, habrá que pagar multas o reubicar servicios en otras bases militares estadounidenses en el País y en la región.

Los contratistas privados en Afganistán, como en otros terrenos de guerra, obviamente no solo tienen funciones en la seguridad armada sino también en la logística, en el mantenimiento de armamentos y estructuras establecidas en los territorios que han sido ocupados por las tropas.

Según los datos de la revista de la defensa militar italiana Analisi e Difesa del 13 de abril de este año, en Afganistán tras el pico alcanzado en marzo de 2012 con 127.277 contratistas, hoy se encuentran desplegados 16.832; de estos 6.147 son de Estados Unidos, 6.399 de otros países y 4.286 son locales. Oficialmente, 2.856 se encargan de la seguridad, de los cuales 1.520 están armados.

Desde abril de 2020, poco más de un mes después del acuerdo de paz de Estados Unidos con los talibanes, también se ha producido una reducción del 39,10% en los contratistas privados. De hecho, su número en Afganistán llegó a 27.641 hombres. Mientras que los soldados regulares estadounidenses se habían reducido a 3.500.

Además de estos, hay miles de personas comprometidas en “misiones confidenciales” en nombre de la CIA y otras agencias gubernamentales de Estados Unidos. Pero la proporción era, por tanto, de casi seis contratistas privados por cada soldado regular.

Podemos afirmar que en Afganistán se ha vivido la privatización de la guerra que da forma a muchos de los conflictos en curso, en los que los agentes estatales a menudo se “tergiversan” detrás de empresas de mercenarios privados, con amplia libertad de maniobra en el “trabajo sucio” y en seguridad de plantas estratégicas, gobernadores locales, etc.

Según los informes de Mackenzie Eaglen en la revista Foreign Policy del 26 de abril de este año, al romper contratos con contratistas privados en Afganistán, todo esto costaría dinero, mucho dinero, que el Pentágono no se puede permitir.

Durante la retirada de Irak, el Pentágono descubrió que en algunos casos era más barato pagar un contrato existente hasta su cumplimiento que modificarlo o acortarlo. Dependiendo de cómo se redacten los contratos en Afganistán, podrían conllevar grandes sanciones por su modificación o violación.

En Afganistán, según un informe reciente del mismo Inspector general del Pentágono, sin la ayuda de contratistas privados, las fuerzas afganas ya no podrán utilizar aviones de combate, aviones de carga, helicópteros y drones fabricados en Estados Unidos durante más tiempo.

Los talibanes lo saben muy bien, más en los últimos años, las capacidades militares de estos han mejorado (¿casualmente?) con la presencia de contractors extranjeros, profesionalizando a sus combatientes que han podido contar con un cuerpo de élite utilizado como force-de-frappe llamado “sara khitta“, el buque insignia de la propaganda de guerra de los talibanes y, en un par de ocasiones en mayo pasado ya han infligido golpes dolorosos a las fuerzas de seguridad afganas.

Al mismo tiempo, su diplomacia política ha sido depurada, legitimada o más bien relegitimada por Estados Unidos con las negociaciones de Doha y los acuerdos de paz.

Tras la conquista de la capital en 1996 por parte de los talibanes, que salieron victoriosos de la guerra civil gracias al apoyo de EE.UU., Pakistán y Arabia Saudita, y la ocupación liderada por la OTAN y EE.UU. en 2001, el Gran Juego Geopolítico en el país asiático sufre una vez más un punto de inflexión a partir de los resultados aún inciertos.

Ciertamente, los talibanes no parecen tener rivales en el terreno, y ningún señor de la guerra, a menos que cuente con un fuerte apoyo desde el exterior, puede molestarlos.

También es difícil vislumbrar algunos signos de división dentro de ellos hoy, con un liderazgo de larga data que incluye entre sus filas a los fundadores de las escuelas coránicas y que presume de una longevidad que ha atravesado la tormenta del fin del mundo bipolar.

Con la caída de Sheberghan el domingo pasado, el bastión del feroz señor de la guerra Abdul Rachid Dostum, aliado de Massoud y ahora en favor del gobierno, fracasó; y se perdió el último punto estratégico en las fronteras del País que no estaba controlado por los talibanes, en este caso Uzbekistán, es decir los tres estados caucásicos ex sovieticos y, fronterizos con Irán, China y Pakistán.

No es extraño pensar que cuadrar el círculo diplomático, que efectivamente asegura el poder a los vencedores sobre el terreno y salvaguardar ese simulacro vacío que es el derecho internacional, es un derrocamiento del actual liderazgo político “colaboracionista”, que de hecho solo administra Kabul y que ya no controla las fronteras – con la intercesión de Turquía y Pakistán con los talibanes.

Esto es para que acepten un proceso de transición con un “gobierno amplio” en el frente, con la aprobación de toda la comunidad internacional, pero con el poder en manos de los “talibanes”.

Al final, la única “línea roja” establecida por la diplomacia internacional es que los talibanes no ingresen a Kabul por medios militares, pero los líderes insurgentes también saben que nadie está dispuesto a “morir para Danzica”.

Esto también es para repeler esa “bomba humanitaria” de los refugiados que presionan en las fronteras, y para construir una posible ruta de retorno a la patria de una población que es la segunda en el mundo en el número de refugiados y desplazados (internos y externos) después de Siria, aligerando así la carga a Pakistán e Irán, que son el refugio de seis millones y medio de afganos; además de evitar la pesadilla de una nueva crisis migratoria, después de Siria, que involucraría a la Fortaleza Europa.

La mente sólo puede volver a aquel año Cero que fue el 1996 en el que los talibanes, entrando en Kabul, capturaron, dentro de un edificio de la ONU, a Mohammed Najibullah, un líder comunista afgano que sobrevivió al fin del mundo bipolar, que había intentado por todos los medios posibles una política de estrategia de salida de la guerra civil incluso después de la salida de las tropas soviéticas que estacionaron durante nueve años -desde 1979- en el País.

Una estrategia de salida, la de Najibullah, para un País que, podría haber mantenido las adquisiciones más importantes de la “Revolución Saur” de 1977 (defensa militar de la URSS contra las fuerzas más atrasadas y sus aliados extranjeros), y al interactuar con todos los componentes afganos, desde los muyahidines hasta el rey en el exilio, habría hecho que el País fuera neutral y en paz con sus vecinos en un marco internacional de reglas compartidas.

Pero ese último intento fue aniquilado principalmente por el poder vencedor de la Guerra Fría, que aún no satisfecho por el colapso de la URSS y el bloque socialista, ansioso por deshacerse de todos aquellos hombres y experiencias políticas que no estuvieran dispuestas a doblegarse, como lo demostró más tarde la agresión contra Serbia, después del desmembramiento inducido de Yugoslavia – la invasión de Irak, después del estrangulamiento a través del embargo, la destrucción de la Jamahiriya en Libia.

Quizás no sea coincidencia que nunca se haya abierto una investigación internacional para esclarecer a los instigadores de ese nefasto doble asesinato que afectó a Najibullah y su hermano, a pesar de la presión de la familia y de los testimonios relatados por varios periodistas.

No se sabe cuándo – pronto, al menos – y cómo caerá Kabul, pero está claro que se abre un juego geopolítico en uno de los puntos tradicionales de fricción de las potencias mundiales: la Rusia zarista y el Imperio Británico en el siglo XIX, la URSS y el Imperio Británico más tarde, la URSS y los Estados Unidos (y sus aliados de la OTAN) luego.

Como también está claro que Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, con su guerra duradera han fracasado estrepitosamente, trayendo solo más sufrimiento a este pueblo golpeado y, perpetrando muerte, asesinados y destrucción en toda aquella región.

¿Alguien se atreve a preguntar qué se podría haber hecho, en términos de desarrollo real para los afganos, con esos más de un billón de dólares que Estados Unidos ha gastado en su guerra sin límites?

Y si fuéramos honestos, intelectualmente hablando, contra esta “pandilla de criminales de guerra” que son Estados Unidos sólo deberíamos dar contenido y actualizar a las palabras de Antonio Gramsci al referirse sobre el Estado italiano: “el Estado italiano fue una dictadura feroz que ha sometido el sur de Italia y las islas a fuego y espada, acuartelando, fusilando, enterrando vivos a campesinos pobres a quienes los escritores asalariados intentaron infamar con la marca de los bandidos”.

Hoy podríamos decir, al referirse a el grande juego geopolítico en pleno y continuo avanzar en Afganistán que, la OTAN es una organización terrorista que quiere someter a los pueblos árabes y asiáticos, a través del uso de bombas, contractors y drones, acuartelando, fusilando, bombardeando y torturando a pueblos rebeldes que resisten en contra las políticas imperiales estadounidenses, a quienes periodistas alineados a la Águila fascista del Norte América intentan infamar con la marca de terroristas.

Alessandro Pagani

Alessandro Pagani: Historiador y escritor; doctorante en Teoría Crítica y Psicoanálisis en el Instituto de Estudios Criticos de México; autor del libro Desde la estrategia de la tensión a la operación cóndor; colabora con el Centro de Investigación sobre la Globalización (Global Research) y en la transmisión GPS Internacional de Fabián Cardozo en Radio Sputnik.

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