De acuerdo con una nota del sitio informativo Axios que fue confirmada por un diplomático europeo, durante la pasada reunión cumbre del G-7, que aglutina a las mayores economías occidentales, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo a sus homólogos de Alemania, Canadá, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza militar que articula la hegemonía estratégica mundial de estadounidenses y europeos, es tan mala como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el acuerdo comercial tan vilipendiado por el mandatario republicano.

Es largamente conocida la animadversión de Trump por ese pacto militar que pasó de ser uno de los polos de la confrontación Este-Oeste durante la guerra fría a instrumento de intervención violenta y neocolonial en países de Medio Oriente, Europa oriental y África, pero la información comentada permite ver lo lejos que ha llegado el huésped de la Casa Blanca en su intento por reformular en favor de su gobierno los equilibrios internos de la OTAN, particularmente los financieros.

En efecto, en su discurso el presidente republicano se ha referido con insistencia a un supuesto desequilibrio perjudicial para su nación en los presupuestos de defensa occidentales, y ha echado en cara a sus aliados europeos que se confían demasiado en el poderío bélico estadounidense para invertir en defensa menos de lo que debieran. Pero manifestar por la OTAN el mismo desprecio con el que Trump refiere por al TLCAN en un encuentro entre jefes de Estado y de gobierno, es llevar la ofensa a un grado peligroso para la subsistencia de la estructura militar conjunta. Por más que las formulaciones peyorativas sean ya una conocida táctica trumpiana para emprender negociaciones con perspectivas ventajosas, tal práctica podría conducir al acuerdo militar occidental a una fase crítica, como la que enfrenta precisamente el acuerdo comercial de Norteamérica.

Desde otra perspectiva, el hecho de que Trump haya convertido al TLCAN en referencia de lo indeseable en materia de acuerdos internacionales debiera llevar a los otros gobiernos que integran ese acuerdo, Canadá y nuestro país, a suspender provisionalmente su participación en las negociaciones para reformularlo. En el caso de México, es claro que las condiciones de estas tratativas son las peores imaginables: con un gobierno vecino en una actitud prepotente y amenazante, por un lado, y cuando, por el otro, el panorama nacional está muy próximo a un periodo de transición institucional tras los comicios del domingo próximo y la administración actual se encuentra en sus meses finales y con un respaldo interno notablemente disminuido. En esas circunstancias, parecen muy reducidas las posibilidades mexicanas de lograr términos justos y equitativos en la renegociación del TLCAN. Por ello, como se ha señalado en este mismo espacio, lo prudente sería poner las negociaciones en suspenso y dejar que el próximo gobierno, sea cual sea su signo, se encargue de retomarlas.

La Jornada

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