Trump y el caos

El foso y la escalera. En una escena paradigmática de Juego de tronos Lord Varys y Lord Baelis discuten sobre el caos.

Varys: ¿Qué es lo que nos queda cuando abandonamos la mentira? El caos. Un foso que aguarda para engullirnos a todos.

Baelis: El caos no es un foso: es una escalera. Muchos intentan subirla y fracasan. Sólo la escalera es real. El ascenso es todo lo que hay.

Baelis, a quen le apodan Little Finger (o sea Meñique), encuentra a su doble en la realidad. Otro personaje que quiere hacer del caos su escalera. Quien por cierto fue apodado por el senador Rubio como El manitas.

Trump es un truhán pero tiene claros propósitos.

En lo interno erosionar la democracia estadounidense atacando dos de los contrapesos centrales: el Poder Judicial y los medios de comunicación.

En el ámbito mundial su propósito es desmantelar los arreglos de gobernabilidad que después de la caída del muro de Berlín supusieron para Estados Unidos un rol de articulador de equilibrios y guardián del orden en un mundo crecientemente multipolar en lo político y en lo económico.

En esa estrategia somos el chivo expiatorio. Por tres razones. En algunos ámbitos hay un fuerte sentimiento anti-mexicano. México ejemplifica en la ideología del supremacismo fascista a un enemigo identificable en la propia sociedad estadounidense. Atacar a México representa para Trump el menor costo incluso incluso comparado con los musulmanes, el otro objetivo de la campaña del odio.

La guerra de Trump contra México tiene tres movimientos. Primero debilitar a un gobierno que no goza del apoyo popular induciéndolo a que cometa errores, filtrando medias verdades y sobre todo conduciéndolo a dilemas insalvables en donde lo que está en juego ante la población mexicana es el interés nacional. En segundo lugar profundizar en la división entre unas élites ya divididas. En tercer lugar, y sobre todo con una guerra de propaganda que ahonde la desconfianza entre mexicanos y con mexicano-estadounidenses y congele la acción colectiva ante sus amenazas.

El TLC está muerto. El TLC surgió con la promesa de generar un proceso de crecimiento y bienestar para todos desde el impulso de las exportaciones manufactureras, terminó impulsando una economía de enclave concentrada por empresas y ramas generando fuertes desequilibrios regionales. Si bien era un tratado comercial su propósito central fue atraer inversión extranjera directa para lo cual se estableció un mecanismo supranacional que busca dar garantías a la inversión extranjera por encima del marco jurídico nacional tan endeble y fácilmente capturado por intereses fácticos como lo sigue siendo. El tema central era asegurar que los acuerdos involucrados en el tratado fueran irreversibles y no sujetos a cambios políticos. Aquí está el centro del TLC. En un hecho de justicia poética lo que lo está rompiendo, sin negociación alguna, no es el autoritarismo mexicano –contra el cual en el fondo se habían buscado blindar a través de los diversos mecanismos de resolución de conflictos establecidos en el tratado–, sino el autoritarismo de Trump.

Muro, TLC, migrantes, drogas. No son sólo las coordenadas de nuestra disputa con el gobierno de Trump sino también el centro de la reconstrucción del estado mexicano, ese ente cuya ausencia se siente. Avanzar en una modernización económica y política incluyentes requiere reconocer la falencias de ambas modernizaciones, incluyendo el gran fracaso de la guerra contra las drogas.

Plan B. Por ello el plan B no es simplemente una diversificación comercial que llevará su tiempo aunque sea necesaria. Debe ser sobre todo una estrategia consensada con partidos, movimientos sociales, movimientos ciudadanos y gobiernos en medio del proceso electoral más complejo y más polarizado que ha tenido nuestro país en décadas.

Misión imposible parece ser. Pero sin ella no lograremos superar nuestras debilidades estructurales como país.

Gustavo Gordillo

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