Desde que el geógrafo inglés Sir Halford Mackinder publicó su famoso artículo: “el pivote geográfico de la historia” en 1904, abordó la relación entre el desarrollo de los eventos históricos en su marco geográfico, al tiempo que esbozó las fronteras del “corazón continental eurasiático”, ubicándolo en el contexto geográfico de Asia Central y colindante con los espacios civilizatorios de Rusia, China, el Medio Oriente, India y Europa oriental.

Mackinder escribió desde la perspectiva del imperio británico, por lo cual tenía muy claro cuáles eran las condiciones políticas, económicas y estratégicas que podían llevar al declive de la hegemonía imperial y marítima inglesa. Entre estas amenazas destacaba la posibilidad que surgiera un actor organizador del espacio eurasiático, es decir una nación que pudiera tomar el liderazgo para conectar los espacios geográficos de Europa con Asia por medio de infraestructuras terrestres, fundamentalmente ferrocarriles, lo cual haría del transporte de mercancías y la interconexión de un mercado eurasiático, situación que minaría el dominio naval-marítimo del comercio inglés.

En aquel momento para Mackinder, el Imperio Ruso tenía las capacidades para emerger como el líder que podría interconectar Eurasia por medio de infraestructura ferroviaria, sin embargo el colapso de la dinastía Romanov así como el surgimiento de la revolución bolchevique y la consecuente formación de la Unión Soviética dilató el cálculo estratégico de Mackinder.

No obstante que la ex Unión Soviética ejerció un dominio importante sobre el espacio eurasiático, debido a una economía central planificada, no logró consolidar una estrategia económica fundamentada en principios de economía Hamiltonia, es decir con una planeación estratégica hacia el desarrollo de interconexión de mercados y de eficiencia en las fases de producción, transporte y comercialización en conexión con otros espacios geoeconómicos.

Asimismo, la ruptura hacia finales de los años 70 entre los gigantes comunistas en la guerra fría (URSS Y la República Popular China) a partir de la incrustación de China en el modelo neoliberal, como parte de la estrategia de apertura económica llevada a cabo por Deng Xioping, fracturó el acercamiento político, ideológico y de cooperación entre los dos gigantes comunistas, que hacia finales de los años 50 e inicios de los 60 ya mostraban signos de animosidad estratégica. Consecuentemente se fracturó la asociación entre las principales potencias comunistas, lo cual repercutió en el debilitamiento de creación de una sinergia megaregional eurasiática y de contrabalanceo hacia occidente y particularmente hacia Estados Unidos.

Con la caída de la Unión Soviética, Rusia transitó hacia una economía de mercado desregulada que la sumergió en el caos político y económico de la era Yeltsin, no es sino con la llegada de Vladimir Putin, que Moscú regresó a la escena mundial, como una potencia geoenergética y militar-nuclear que le permite hacerse valer como una de las grandes potencias del actual escenario internacional.

Así, es profundamente estratégico que la dinámica de las relaciones entre China y Rusia en los últimos 20 años se ha fortalecido, creando un escenario de gran cooperación económica, comercial y militar como esferas de importancia para ambos países.

Rusia y China, hacia el fortalecimiento de la asociación estratégica

No obstante desde occidente se sigue pensando de forma lineal (es decir bajo un esquema de ganar todo, como estrategia central del ajedrez) y se cuestiona si estas dos naciones efectivamente forman o no una alianza, ya que se suele citar su pasado conflictivo y su lucha por influencia en Asia Central como puntos focales de su confrontación.

Sin embargo, siguiendo la lógica del estratega chino Sun-Tzu (quien no pensaba en términos de una victoria total, sino de ventajas relativas, propio del juego estratégico chino conocido como Wei Qi) un buen estratega debe aparentar debilidad cuando tiene fortaleza al tiempo que hace notar su lejanía cuando en verdad está cerca.

Esta analogía encaja con el comportamiento de Rusia y China, naciones que buscan su complementariedad económica, política, estratégica-militar y diplomático-cultural. En este orden, Moscú y Beijing se han enfrascado en un magno proyecto, denomindo “OBOR” (One Belt-One Road, un camino una franja), el cual se encuentra orientado en desarrollar el máximo potencial de sus capacidades económicas y políticas, con el objetivo de interconectar todo el espacio eurasiático.

La iniciativa de origen chino fue emitida en 2013 en Kazajastán por el presidente Xi Jinping. Este proyecto busca interrelacionar espacios geoeconómicos como la Unión Económica Eurasiática de Rusia con naciones de Asia Central y el sudoeste de Asia.

Simultáneamente la estrategia que puede circunscribirse en el marco de “la nueva ruta de la seda”, le permite a China emerger como el actor organizador del espacio eurasiático que tanto temía Mackinder, ya que Beijing busca direccionar un nuevo multilateralismo económico, que pretende generar una alta eficiencia económica por medio del “reciclamiento de los superávits de producción industrial, trabajo y capital financiero”, lo cual abre las vías para la construcción de un espacio geoeconómico inmenso que interrelacione infraestructuras eléctricas, de comunicación y transporte, ferrocarriles de alta velocidad hasta oleoductos y gasoductos, al tiempo que vincule espacios de mercado, por medio de una estrategia logística que permita la circulación de grandes volúmenes de mercancías entre los mercados asiáticos y europeos.

El espacio geográfico de esta estrategia geoeconómica con objetivos de tinte geopolíticos trazados por el gobierno chino, se sitúa en la interconexión terrestre, así como marítima del espacio eurasiático, lo cual le brinda a China, siguiendo su tradición ancestral de negociación y diplomacia, centrada en China como “el imperio medio”, para colocarse como una nación central y organizadora del gran espacio eurasiático.

Lo anterior tiene profundas repercusiones hacia occidente y espacialmente hacia los Estados Unidos, nación que en la era Trump se encuentra descuidando su papel y acercamiento estratégico tanto en Europa, debido a las sanciones económicas impuestas a Rusia, así como en Asia, al darle un tratamiento diplomático con poca orientación estratégica, lo cual complica su agenda asiática, especialmente por los roces diplomáticos con Beijing y el manejo inadecuado de la situación nuclear en la península coreana.

Así, China avanza en un proyecto que le permite colocarse como el actor central de una estrategia regional que tendría la capacidad de dinamizar la economía mundial, conectando el espacio eurasiático y alcanzado las regiones de Medio Oriente y África, donde de acuerdo con el World Economic Forum y el Financial Times crecen sus inversiones notablemente.

Desde el punto de vista geopolítico Mackinderiano, el Medio Oriente y África se encuentran subordinadas a la dinámica política y económica de Eurasia, por lo cual un actor organizador eurasiático, estaría en posición de dominar sobre ambas regiones.

No obstante en la región europea, hace falta un actor central: Alemania, ya que la nación teutona se encuentra ambivalente con relación al proyecto OBOR. Por una parte la comunidad empresarial alemana es entusiasta de las oportunidades de negocio que abre la nueva ruta de la seda, pero no se muestra totalmente segura de jugar bajo las reglas comerciales de Beijing, ya que consideran que existe el potencial para “diluir las reglas de inversión de la Unión Europea (U.E.) y erosionar la unidad política entre los miembros de la U.E. que se encuentren compitiendo por inversiones y capital chino”.

Ante este escenario, el liderazgo político alemán reflexiona sobre las implicaciones que tiene para su nación un escenario internacional donde el liderazgo global de Estados Unidos se disipa, ya que de acuerdo con el ministro de asuntos exteriores de Alemania Sigmar Gabriel en una entrevista realizada a inicios de año con el rotativo alemán Der Spiegel online: “ahora observamos lo que sucede cuando los Estados Unidos retroceden, no existe vacíos en la política internacional, si los Estados Unidos dejan un espacio, otras potencias lo llenan. En Siria fue Rusia e Irán, en política comercial lo hace China. Estos ejemplos muestran que no estamos logrando ni la diseminación de los valores europeos o el avance de nuestros intereses”.

Es decir, queda claro para Alemania que Estados Unidos está perdiendo su poder e influencia estratégica y ese espacio empieza a ser llenado por Rusia y China, los dos actores centrales de Eurasia, por lo cual resulta fundamental que Alemania defina una postura que haga converger la búsqueda de sus intereses nacionales al tiempo que la catapulte como el líder de la Unión Europea, en un contexto donde la propia U.E. debe buscar redefinir su agenda global, toda vez que el proyecto de integración europeo pierde potencia con procesos de fragmentación territorial como en Cataluña o la salida de un país tan importante como el Reino Unido.

Alemania, pieza clave

Por ello, en un marco futuro de mediano plazo donde Europa se encontrará perdiendo influencia política y económica, necesita de un diseño estratégico en el que Alemania emerja como un actor organizador del espacio continental europeo.

Resulta pertinente no pasar por alto que Europa debido a su continua debilidad demográfica y relativa pérdida de capacidades económicas, su geografía la vuelve a conectar con las realidades del Medio Oriente y África del Norte, ya que debido a la guerra fría, Europa pareció estar protegida de las capacidades de proyección de fuerza de Rusia así como de la inestabilidad del Medio Oriente, el cual se mantuvo cohesionado por las dictaduras que el propio Estados Unidos apoyó para hacer un contrabalanceo de fuerzas a la Unión Soviética.

En este sentido Alemania resulta una pieza central para la consolidación de un eje eurasiático que sirva de contrapeso y de transición hegemónico, donde Estados Unidos sin dejar de ser un actor central del sistema internacional, ya no tendrá las mismas capacidades de organizar la dinámica política y económica mundial como fue después de la segunda posguerra.

Por ello Europa será más parecida a un mapa medieval, donde las diferencias culturales, étnicas, políticas y religiosas se acentuarán, por lo cual el viejo mundo requiere de un liderazgo que vaya más allá del liberalismo para amalgamar el papel estratégico de Alemania en Europa y en el mundo, para lo cual el proyecto OBOR, puede ser una ruta para lograr sinergias económicas e implementación de nuevas estrategias diplomáticas que configuren el escenario internacional del siglo XXI.

Finalmente, no olvidar que el concepto “ruta de la seda” fue diseñado por el geógrafo alemán Baron Ferdinand Von Richthofen, quien acuñó el término en 1877, ya que pretendía promover un ferrocarril que fuera de China a Europa, esa idea no se pudo concretar debido al turbulento siglo XX que se vivió en Eurasia, debido a las dos guerras mundiales y la subsecuente guerra fría.

Parece ser que hoy es el momento para que Alemania recupere ese sentido estratégico y se sume al proyecto OBOR, lo cual sería fundamental para que toda Eurasia se encuentre interconectada por medio de lo que el estratega Parag Khanna, investigador de la escuela Lee Kuan Yew de políticas públicas de la Universidad Nacional de Singapore, denomina como “geografía funcional”, es decir una interrelación de redes funcionales de infraestructura estratégica orientada hacia el dinamismo de grandes espacios geoeconómicos.

Abner Munguía Gaspar

Abner Munguía Gaspar: Doctorante en Relaciones Internacionales, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México.

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