Virus de “cuatro patas”

Gracias al Covid-19 (toco madera), mi capacidad de asombro se ha recuperado. Acabo de ver a la vecina del 6-A, acarreando otra bolsa con 50 rollos de papel higiénico. ¿Esto es real, o será que en cuarentena duermo apurado? Porque fake news, no es. Se trata de la misma señora que a inicios del mes, me confesó que tenía 150 rollos.

¿Qué esperar? La pobre, como todos, tiene miedo. Por tanto, supongo que si ella es televidente devota, oye con atención al mundialmente célebre infectólogo y virólogo de Tv Azteca, Javier Alatorre. Quien no está infectado por el V2P o virus de dos patas (que trastorna las facultades mentales), comentado en mi último artículo.

Alatorre es un reconocido transmisor de un virus más letal: el de cuatro patas (V4P), compuesto básicamente por dos patógenos: 1) los grupos económicos concentrados y sus medios hegemónicos de (in) comunicación; 2) el complejo militar-industrial-biotecnológico y el Big Pharma del capitalismo salvaje.

¿El cartero llama dos veces? La miopía de los primeros los lleva a negar que el Covid-19 acabará con su propia prosperidad. Pues lo que tenemos en puertas es una hecatombe más intensa que la imaginada por el cineasta alemán Fritz Lang en Metrópolis (1927), película del cine mudo, que narra la historia de una ciudad del futuro donde millones de esclavos trabajan en los subterránenos, encadenados a máquinas monstruosas para asegurar el fastuoso lujo que rodea a los capitalistas que viven en la superficie.

Frente a la obra de Lang, los críticos coincidieron en que ya entonces la humanidad estaba viviendo un proceso de cretinización. En efecto, al año siguiente, la revista musical La gran locura se estrenó en el famoso music hall parisino Folies Bergère y el 24 de octubre de 1929, los poseedores de títulos de Wall Street que en el curso de pocas horas pasaron de millonarios a indigentes, se arrojaban por las ventanas de los rascacielos neoyorquinos.

Pero ni antes ni después del jueves negro de 1929, el médico y bacteriólogo inglés Alexander Fleming (1881-1955) contó con los recursos necesarios para avanzar con su invento, la penicilina (1928). Cosa que hoy hubiera resuelto el Pentágono o el poderoso conglomerado de corporaciones capitalistas de la industria farmácéutica (Big Pharma).

¿Dónde y cómo surgió el coronavirus? ¿El bicho fue fabricado en un laboratorio o es de origen natural? Hasta la fecha, todo lo que se ha dicho en este sentido es tan válido como las pruebas que intentan demostrar el asesinato de John F. Kennedy (1963), o quiénes echaron abajo las torres gemelas (2001). En concreto: nada.

De China tampoco sabemos nada de su industria biotecnológica. En cambio, sabemos que “el Pentágono posee 400 laboratorios de armas biológicas, muchos de ellos en 25 países con los cuales tiene convenios de ‘cooperación” y están clasificados con niveles de bioseguridad BSL-3 y BSL-4, los de mayor riesgo. La mayoría de estos laboratorios están enfrascados en la investigación, diseño y fabricación de virus mortales de diversos orígenes – que incluyen los del tipo ‘corona’” (Luis Suárez Villa. Universidad de California-Irvine).

Ahora bien. Si el V2P se derrota con educación, laicismo, ejercicio del criterio y solidaridad comunitaria, el V4P resulta más difícil de combatir. Porque se requieren acuerdos altruistas y similares a los que en 1945 suscribieron la Carta de las Naciones Unidas. Sin compromisos políticos serios, la curva del Covid-19 trepará a la estratósfera y seguirá barriendo con amplias franjas de la pirámide global.

Arriba de la pirámide, el fallecido por coronavirus capitán Brett Crozier, comandante del apocalíptico portaviones nuclear USS Theodore Roosevelt (585 contagiados de 4 mil 800 tripulantes). En el medio, médicos, enfermeras y personal sanitario de apoyo, obligados a luchar en dos frentes: el Covid-19, y el bastardo V2P. Y abajo, los féretros insepultos de cartón prensado, flotando a la deriva en el río Guayas.

Abrumados por el V2P y el V4P, algunos gobernantes cumplen con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, sosteniendo la cuarentena. Y otros, empiezan a ceder posiciones frente a la iniciativa privada, enviando a la gente al matadero.

La vuelta a la normalidad exige, junto con el combate al Covid-19, acabar con el modelo económico depredador que lo causó. Pero desafortunadamente, ningún gobernante ha ido al fondo de la tragedia. Excepto el Papa Francisco: Dios perdona siempre; nosotros perdonamos de vez en cuando; la naturaleza nunca perdona.

José Steinsleger

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