En esta Navidad quiero despojarme de todo rasgo consumista y, de presentes, dar y recibir solo presencias. Compartiré el pan del espíritu y el hambre de belleza. No permitiré que la sal de la amargura robe la alegría del renacimiento solidario.

Mantendré mudo el celular para escuchar mis voces interiores. Por la vía de la oración, buscaré intuir lo que Dios le susurra al corazón. Libre de amarras virtuales, iré al encuentro de diálogos reales. Y me negaré a beber la copa del odio con la que brindan quienes conocen un solo mandamiento: armaos los unos a los otros.

Esta Navidad ya no admitiré que los conceptos sobrevuelen los techos de las academias y que las palabras se oxiden por el discurso insano de quien invisibiliza a sus semejantes. Haré que la verdad sea, de hecho, la adecuación de la inteligencia a lo real. Y esparciré por toda la ciudad los pétalos de la rosa de los vientos, para que perfumen el futuro libre de las tinieblas del pasado.

En el bazar de las hipotecas, no aceptaré cambiar libertad por seguridad. Montaré el pesebre en el espacio inconsútil de mi subjetividad y, atento, escucharé lo que el Niño secretee al oído del niño que aún perdura en mí.

Esta Navidad no iré a las tiendas ni le rendiré culto al fetiche de la mercancía. Limpiaré toda la nieve retórica que se acumula sobre el desasosiego de los excluidos, para que la transparencia calle la insolencia de los arrogantes. Echaré a Papá Noel para acoger al Dios niño. Y les cantaré una alabanza a todos los que guardan el pesimismo para días mejores.

No permitiré que la ira o el resentimiento me acerquen a la saña asesina de Herodes. Seguiré la estrella de Belén hasta que me conduzca a la fuente de la bienaventuranza del hambre y la sed de justicia.

Esta Navidad dejaré a un lado nueces y castañas para emborracharme de aleluyas. Invitaré a la cena a quienes la ganancia aparta de su pan de cada día. Y reafirmaré mi ateísmo radical con respecto al dios que soporta, indiferente, el mundo en el que pocos tienen mucho y muchos tienen poco.

No le daré falsos abrazos a quien ata nudos en mis lazos. Ni alzaré mi copa de vino para brindar con quienes ofrecen cicuta. Solo festejaré con quien recorre conmigo las sendas de la utopía y cree que el mundo será mejor cuando el menor crea en el menor.

Reuniré músicos que, abrazados a sus violines, resignificarán la palabra violencia como preanuncio de paz y paciencia. Libraré la fiesta de Jesús de ese puñado de gente que, sin sabor de comunión, rellena de prendas el vacío del corazón.

Esta Navidad, cuando el canto del gallo despierte a otros gallos y replete la aurora de encantos, me arrodillaré ante el misterio de la vida y el don inestimable de la existencia. Recogido en lo más íntimo de mí mismo, cerraré los ojos para ver mejor. Y, sin dudas, encontraré al otro que no soy yo y que, sin embargo, en el basamento de mi verdadera identidad.

Les pediré a los pastores que no traigan oro, incienso y mirra. El Niño que padece en tantos niños escuálidos solo quiere pan y paz. Que vengan a prestarle culto en el pesebre, tomadas de las manos, las dos hijas de la esperanza: la indignación para denunciar una realidad tan injusta, y el valor para cambiarla.

En esta Navidad no adornaré falsos árboles con las luces intermitentes del cinismo. Protegeré a los que se yerguen sobre raíces firmes, fuertes, hondas y fértiles. Haré de las motosierras azadas para cultivar los dones de la naturaleza y proclamaré la soberanía de los pueblos originarios.

No dejaré que el desaliento siembre sombras en el horizonte de mis sueños. Anunciaré en cada esquina que la esperanza ve donde la ceguera del poder vislumbra solo amenazas con sus tentáculos. Y cantaré con María la alabanza magnífica al Señor que despide a los ricos con las manos vacías y sacia de bienes a los hambrientos.

Frei Betto

Frei Betto: Teólogo brasileño y uno de los máximos exponentes de la Teología de la Liberación. Es el autor del libro “Fidel y la Religión”.

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