La cara negra de Italia

Desde hace siglos la idea de Italia suscita una emoción especial en los espíritus europeos, como si el espacio de esta península estuviera formado de una materia diferente (sus paisajes, sus ciudades, sus pueblos bañados por una especie de luz mística cuyo secreto seguiría siendo inaccesible). Los viajeros del Grand Tour* no dejaron de describir sus encantos. Con frecuencia los escritores trataron de acercarse a su misterio. Stendhal experimentaba con ello una continua emoción, hasta llegar al malestar compartido por muchos otros visitantes ante la superabundancia del arte.

Para Nietzsche Italia es luz, dulzura, liberación. Ahí, afirmará Nietzsche, no sentirá la necesidad de decir “no”, como le ocurre a quien sale por la mañana a las calles de una ciudad alemana; luz, música y “las dulces uvas de la frutera” en Turín, en los últimos tiempos de serenidad. Para Freud Italia es la revelación necesaria: “Lo que necesito es Italia”; para él, el arte italiano (“tesoro simbólico casi sagrado”) es revelación del inconsciente, experiencia de alteridad y del fuera del tiempo. Proyecta acabar sus días en Roma.

Todavía hoy en la memoria del viajero surge la impresión de deslumbramiento y transfiguración del primer encuentro: los paisajes armoniosos de los grandes lagos, el café con leche de las mañanas francesas convertido en la delicada espuma del cappuccino, el sonido de los zuecos de madera sobre las losas de Sirmione, alegría, árboles y flores. Luego, el encanto completo: Venecia, Florencia, después Roma de la bellas y sorprendentes arquitecturas, el Tíber, las fontanas…

Pero también existe otra vertiente, la vertiente negra que desde hace tiempo conocen los poetas y novelistas italianos, explorada por Alessandro Manzoni (1785-1873) en su I Promessi Sposi [Los novios], cuyo título inocente no deja adivinar los abismos de perfidia y de tragedia que poco a poco se van abriendo ante el lector. Novela basada, como La Cartuja de Parma, en una crónica italiana antigua muy violenta y muy sombría, no contiene ni a Fabricio ni a Clelia ni la sombra de una Sanseverina.

Se trata de los tiempos de la peste en el siglo XVII, bajo la dominación española. Intrigas tenebrosas y crímenes oscuros. Páginas implacables, pinturas trágicas del siglo XVII italiano que resultan ser, además, una visión anticipada de los misterios y escándalos no resueltos de los años de plomo y de la Italia contemporánea, tal como percibió, denunció y sufrió Pasolini, incluso hasta su muerte. De hecho, se puede reconocer la raíz antigua de la situación de hoy en el hecho de que en Italia el poder casi siempre se ha ejercido como “facción y oligarquía”, práctica autoritaria ante la cual “sin duda alguna lo peor es no estar protegido”.

Esto implica una atmósfera que se puede definir por medio del término ignavia que empleaba Leopardi a propósito de la “vilissima condizione” de sus compatriotas – ignavia, es decir, “inacción por incapacidad de comprender” en una sociedad parecida a la que describía Manzoni (la del siglo XVII, pero que era también la suya). Hoy lo que se ha vuelto a instalar es la ignavia, una pasividad, una aceptación que recuerdan que el régimen fascista, que duró veinte años con un vasto consenso, sin duda nunca ha sido sometido a un trabajo de examen y de juicio como lo fue el periodo del nazismo en la Alemania contemporánea.

La Constitución italiana, elaborada después de la guerra [Mundial] por unas personalidades de diferentes afiliaciones políticas pero todas ellas dotadas de una conciencia democrática madurada por la experiencia histórica reciente, es, indudablemente, la mejor, la más claramente republicana y laica de todas las Constituciones europeas. Pero, más tarde, los gobiernos demócrata-cristianos no hicieron verdaderamente la educación del pueblo italiano a la democracia.

Indudablemente, la izquierda italiana (gran Partido Comunista más gramsciano que marxista y fuerte Partido Socialista, entonces aliados) era portadora de una vocación educadora, pero toda la izquierda se fue debilitando progresivamente a partir de la década de 1970 minada por los conflictos, el terrorismo y la corrupción, esta última en crecimiento constante durante la década de 1980 bajo el efecto de la política craxiana, que rompía de golpe con la tradición ética de la izquierda y proporcionaba una ideología preparada para el gobierno de empresa que pronto iba a atacar las bases mismas de la democracia.

Con el famoso “descenso a la arena” de 1994 lo que hace su entrada y se extiende como un pulpo es la sociedad del espectáculo, tal como la ha descrito Guy Debord: nada de pasado, nada de futuro, un presente imaginado, suntuoso, liso. Dos fenómenos dan la medida de la particularidad y de la gravedad del momento histórico: el estado de hipnosis de los electores de esta derecha pseudo-liberal y la “servidumbre voluntaria” de los políticos que si se exceptúan los reclutados ad hoc (empresarios, abogados, etc.) habían conocido en los años anteriores un pasado de una cierta dignidad y que actualmente de disponían a apoyar imperturbablemente, con una disciplina absoluta, el valor intrínseco y “bueno para el pueblo” de cada nuevo golpe dado por su rey Ubu a la democracia.

Entonces, una se preguntaba cómo se podía llevar a todo un país, sin violencia (aunque la violencia no estuviera tan lejos como se quería afirmar, se verá con el G8 de Génova), a un sueño tan profundo. Las causas de ello son diversas, arraigadas tanto en la historia reciente como en la más lejana. Los medios son aquellos, utilizados de forma repetitiva, de la abolición de las relaciones entre lo real y la ficción, abolición progresiva a la que acostumbra una televisión absorbida a grandes dosis.

La vulgata gubernamental de entonces, según la cual la izquierda (más precisamente, el Partido Comunista) habría gobernado el país desde hace cincuenta años, probablemente no era un simple hallazgo de campaña electoral. La tranquilidad con la que la opinión pública aceptaba esta curiosa reescritura de la historia reciente revela sin duda una convicción secreta y arraigada según la cual el gobierno “natural” del país habría sido el régimen fascista, artificialmente interrumpido en cierto modo por la guerra y la derrota militar…

Sin embargo, en un tiempo record un país agrícola y católico se transformaba en un país industrial hedonista, sin leyes, sin referencias. Deslizamiento, licuefacción… El tejido cede silenciosamente, aumenta el charco…

Ya son visibles los daños que se extenderán sin límites hasta hoy en día: resurgimiento fascista, episodios racistas contra los emigrantes (actualmente reducidos a la esclavitud como se ha visto el mes pasado en Calabria), colusión con la Mafia que se ha vuelto cada vez más central y cada vez más evidente.

En los últimos tiempos el país ha llegado a la “anestesia total”, a la “somnolencia colectiva”, a la “narcosis” – términos aparecidos hace varios días bajo la pluma de grandes periodistas de la oposición, de una oposición, además, prácticamente impotente puesto que según una encuesta reciente, el 87 % de los italianos recibe toda su información de la televisión, de una televisión privada, pero también pública, cada vez más en manos del gobierno.

Parece alcanzado el objetivo originario de la instalación berlusconiana (lo que la gran periodista Rossana Rossanda definía entonces como “una capitulación del país ante la empresa pura y simple”), aunque hoy, por primera vez, aparezcan aquí y allá síntomas de rebelión. La última realización del gobierno italiano, que se llama “Protección Civil”, es una organización destinada a intervenir rápidamente en caso de “catástrofes naturales” (pero poco a poco extendida a acontecimientos cuya urgencia y calidad de natural son cada vez menos demostrables). Procede por medio de intervenciones urgentes, que tienen lugar fuera y por encima de la ley. De ahí el nacimiento de un poder absoluto que escapa a todo control y fuente increíble de todo tipo de corrupciones. Algunos miembros de la coalición gubernamental adoptan poco a poco sus distancias: Gianfranco Fini, presidente de la Cámara, Giuseppe Pisanu, ex-ministro del Interior: “El horizonte del interés general está cerrado, se han abierto las cataratas del interés privado”.

Cada día estalla un nuevo escándalo. Quizá se está preparando una mezcla explosiva -cansancio, exasperación de los ciudadanos ante una clase dirigente “no sólo corrompida sino además decrépita”, escribe Curzio Maltese, lúcido analista del fenómeno desde sus inicios: la ferocidad de la crisis (miles y miles de obreros y de investigadores despedidos de sus trabajos, reducidos a la pobreza absoluta), las víctimas indignadas del terremoto de los Abruzzos (“Un año después, aquí, todo muere”), el deseo de un futuro por el momento inimaginable. ¿Volveremos a ver pronto el cielo italiano de Stendhal?

* N. de la T.: El Grand Tour [La “gran vuelta”, en francés] era un itinerario de viaje por Europa que tuvo su auge entre mediados del siglo XVII y la década de 1820. Entre la burguesía y aristocracia europea se consideraba que era una etapa educativa y de esparcimiento fundamental, previa a la edad adulta y al matrimonio.

Texto original en francés : http://www.mondialisation.ca/index.php?context=va&aid=17924

Jacqueline Risset : Escritora y traductora. Profesora de literatura francesa en la Universidad Roma-III, donde preside el Centro di studi italo-francesi, ha traducido, sobre todo, La Divine Comédie, de Dante (Flammarion, 1985-1990), publicado varios volúmenes de poesía (como Les Instants, Farrago, 2000) y de ensayo (Une certaine joie. Essai sur Proust, Hermann, 2009).

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